La nueva secretaria se quedó paralizada al ver su foto de infancia en la oficina de su jefe…

Y conozco a mi esposa. Un silencio cargado siguió a esas palabras. ¿Por qué me dice esto?, preguntó Sofía finalmente. Porque quiero que sepa que estoy al tanto respondió él, y que no la considero responsable. Sus ojos se encontraron durante un momento intenso. Había algo en la mirada de Fernando, una mezcla de protección y remordimiento que hizo que el corazón de Sofía se acelerara. Gracias por su confianza. Fernando asintió levemente antes de retirarse, dejando a Sofía con una confusa mezcla de emociones.

Era posible que este hombre, que las había abandonado, tuviera algo de decencia después de todo. Esa noche, al llegar a casa, encontró a su madre más pálida que de costumbre. ¿Qué pasa, mamá? ¿Te sientes mal? Isabel negó con la cabeza. Fui al hospital hoy. El doctor López dice que necesito comenzar el tratamiento cuanto antes. ¿Cuánto costará?, preguntó Sofía sentándose junto a ella. Más de lo que podemos pagar ahora. Isabel tomó las manos de su hija. Sofía, he estado pensando.

Quizás deberías hablar con Fernando, contarle quién eres. Sofía se tensó. ¿Para qué? ¿Para pedirle dinero? No, mamá, no le daré esa satisfacción. No se trata de satisfacciones, mi hijita, se trata de mi salud. Isabel suspiró. Además, hay algo que nunca te conté sobre las cartas. ¿Qué cartas? Las que le envié a Fernando después de que naciste. Isabel se levantó con dificultad y buscó en su caja de recuerdos. Mira el remitente y la dirección. Sofía examinó los sobres amarillentos.

Todos habían sido enviados a la oficina personal de Fernando, no a su casa. ¿Y eso qué significa? Significa que nunca supe si realmente las recibió, explicó Isabel. Siempre existió la posibilidad de que Verónica las interceptara, pero él aceptó el dinero para deshacerse de nosotras, argumentó Sofía, aunque una semilla de duda comenzaba a crecer en su mente. Él me dio el dinero para comenzar una nueva vida, sí, pero nunca dijo explícitamente que no quería saber más de nosotras.

Isabel tosió débilmente. La verdad, Sofía, es que nunca le dije que estaba embarazada. No tuve el valor. Me fui antes de decírselo. Esta revelación cayó como un rayo sobre Sofía. ¿Qué estás diciendo? Fernando nunca supo que yo existía. No lo sé con certeza, admitió Isabel. Le escribí después. Le envié tu foto, pero nunca respondió. Y ahora me pregunto si alguna vez recibió esas cartas, pero tiene mi fotografía en su escritorio”, señaló Sofía confundida. “La misma que le enviaste.

Lo sé y eso es lo que no puedo explicar.” Isabel se recostó agotada. “Por eso creo que deberías hablar con él. Hay partes de esta historia que ni yo comprendo.” Esa noche Sofía no pudo dormir. Las palabras de su madre habían sembrado dudas donde antes solo había certezas. Era posible que Fernando nunca hubiera sabido de su existencia hasta que ella le envió aquella foto. Y si Verónica había interceptado todas las cartas, a la mañana siguiente llegó al despacho decidida a observar más cuidadosamente, a buscar respuestas en lugar de solo alimentar su resentimiento.

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