El suyo era un sacrificio vestido de seda blanca y encajes caros, una mentira piadosa que nadie creería y menos aún el hombre que la esperaba en el altar. Cada paso hacia él era un paso hacia una jaula dorada, un futuro brillante a los ojos del mundo, pero vacío de todo lo que importaba. se estaba vendiendo a sí misma para salvarlos a todos, convirtiéndose en la esposa de un hombre que no solo la amaba, sino que la despreciaba profundamente.
Esta no era una boda, era la ejecución más elegante y cruel de todos sus sueños. El espejo le devolvía el reflejo de una extraña, una mujer pálida, con los ojos demasiado grandes y brillantes por las lágrimas que se negaba a derramar, enfundada en un vestido de novia que costaba más que la casa de sus padres.
Elena tragó saliva, el nudo en su garganta tan apretado que le dolía respirar. El satén era frío contra su piel, tan pesado como la decisión que había tomado semanas atrás. Detrás de ella, su madre, Laura, ajustaba el velo con manos temblorosas, sus propios ojos enrojecidos. “Estás preciosa mi niña”, susurró Laura, y su voz se quebró. “Tan hermosa, serás una esposa maravillosa”. Las palabras eran amables, pero se sentían como dagas. Una esposa maravillosa para un hombre que la consideraba un mero objeto, un anexo a un contrato de negocios.
Elena forzó una sonrisa, una mueca tensa que no llegó a sus ojos. Gracias, mamá. Se sentía como una traidora, una actriz en una obra macabra. Se estaba casando con Ricardo Montero, el magnate, el hombre más poderoso y temido de la ciudad, y lo hacía por una sola razón: salvar a su familia. salvar el negocio familiar, el jardín de los recuerdos, la floristería que su abuela había fundado y que ahora se ahogaba en deudas imposibles de pagar. Y más importante aún, salvar a su hermano pequeño Mateo, cuya enfermedad requería tratamientos carísimos que habían agotado hasta el último céntimo de sus ahorros.
El acuerdo había sido brutalmente simple, presentado por el padre de Ricardo antes de morir y ejecutado por el propio Ricardo con una frialdad que elaba la sangre. Él salvaría la empresa de su padre de la quiebra, cubriría todos los gastos médicos de Mateo por el tiempo que fuera necesario y a cambio Elena se convertiría en su esposa. Un intercambio, una transacción, ella era el precio. Su padre, un hombre bueno, pero derrotado por las circunstancias, se lo había explicado con la mirada en el suelo.
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