Nada, mintió ella. No quería darle más munición. Él golpeó el volante con la palma de la mano, un golpe seco y violento que la hizo saltar. No me mientas, Elena. Te vi la cara. Estabas asustada. Dijo. Dijo que nuestro matrimonio parecía un negocio, que yo parecía infeliz. Ricardo no dijo nada durante un largo minuto, el coche devorando la carretera oscura. Y le diste la razón. ¿No es así? Con esa mirada de cachorro apaleado. “Claro que no!”, exclamó ella, la rabia finalmente superando el miedo.
“¿Qué querías que hiciera?” “¿Que lo bofeteara en medio de la pista de baile?” “Sí, o que vinieras a mí. Tú eres mi esposa. Deberías haber buscado a tu marido. ” Mi marido me lanzó a sus brazos y mi marido me odia y me lo deja claro cada segundo del día. gritó ella, las lágrimas de frustración finalmente brotando de sus ojos. No puedes tratarme como a una empleada en casa y luego esperar que actúe como una esposa devota en público cuando te conviene.
Su arrebato lo dejó en silencio. Condujo el resto del camino a la mansión sin decir una palabra más. Cuando llegaron, no esperó a que ella abriera la puerta. salió, rodeó el coche, abrió su puerta y la sacó del brazo con la misma urgencia con la que la había sacado del salón de baile. La llevó dentro de la casa cerrando la puerta principal con una patada. “Tú no sabes nada, Siseo. ” Finalmente girándose para enfrentarla bajo la fría luz del vestíbulo.
No sabes nada de hombres como Víctor Ramos ni del mundo en el que acabas de entrar. Piensa en que eres un punto débil. Mi punto débil. Y tú, con tu inocencia y tus sonrisas a cualquiera que te diga una palabra bonita, se lo estás confirmando. Yo no soy el punto débil de nadie, replicó ella tratando de liberarse de su agarre, pero él era demasiado fuerte. La atrajó más cerca, su otro brazo rodeando su cintura, aprisionándola contra su cuerpo.
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