Es la única manera, Elena. Ricardo Montero puede puede resolverlo todo. Es un buen hombre. Pero Elena había conocido a Ricardo Montero en la única reunión que tuvieron para sellar el pacto y no había encontrado ni un ápice de bondad en su mirada oscura y calculadora. La había examinado como si estuviera valorando un caballo o una obra de arte con una distancia insultante antes de dar su gélido consentimiento. Está bien, acepto los términos. Nos casaremos en un mes.
Ni una palabra más, ni un gesto de cordialidad, solo la fría y dura aceptación de un trato que para él era una molestia necesaria. El toque de su madre la sacó de sus pensamientos. Es la hora, cariño. Su corazón dio un vuelco violento. Se miró una última vez. La novia perfecta, la mentira perfecta. Al salir de la habitación, se encontró con su padre, con el traje algo grande y la expresión de un hombre que está llevando a su hija al matadero.
Sus ojos le pedían perdón en silencio, un perdón que ella le concedía porque sabía que lo hacía por amor a su familia. Él le ofreció el brazo. “Eres la mujer más valiente que conozco”, murmuró. Y esa simple frase casi la hizo romperse, pero no lo hizo. Enderezó la espalda, levantó la barbilla y caminó hacia la iglesia, hacia su destino, hacia Ricardo Montero. La marcha nupsal comenzó a sonar y las enormes puertas de la iglesia se abrieron. Cientos de rostros se giraron para mirarla, rostros de la alta sociedad, amigos y socios de Ricardo.
Ella no conocía a casi nadie. Se sentían como lobos observando a un cordero. Al final del pasillo, bajo un arco de flores blancas irónicamente dispuestas por su propia floristería, esperaba él. Ricardo era un hombre que robaba el aliento, no se podía negar. Alto, con hombros anchos que llenaban su smoking hecho a medida, cabello negro perfectamente peinado y una mandíbula fuerte y definida. Pero eran sus ojos lo que la intimidaban. eran de un color marrón tan oscuro que parecían negros.
Y en ese momento, mientras ella caminaba hacia él, estaban vacíos de toda emoción. La observaba acercarse con la misma expresión con la que se mira un paisaje distante, sin interés, sin calidez. Su padre le entregó la mano a Ricardo. El contacto fue como una descarga eléctrica. La mano de Ricardo era grande y cália, pero su agarre era firme, posesivo, como si estuviera tomando algo que le pertenecía por derecho. Él no le dedicó ni una sola mirada. Su atención estaba fija en el sacerdote.
La ceremonia fue un borrón. Las palabras del sacerdote sobre el amor, el honor y la fidelidad sonaban como una burla. Ella pronunció su sí, acepto en un susurro apenas audible, sintiendo el peso de esa mentira sobre su alma. Ricardo, por su parte, lo dijo con una voz clara y fuerte, la misma que usaría para cerrar un trato multimillonario. Era firme, decidido y completamente impersonal. Cuando el sacerdote dijo, “Puede besar a la novia,” por un instante el pánico la paralizó.
Ricardo se giró hacia ella, sus ojos finalmente encontrando los suyos. vio una chispa de algo, irritación. Desde él se inclinó y sus labios rozaron los suyos. Fue un beso casto, breve y terriblemente frío, un simple rose para las cámaras y los invitados, desprovisto de cualquier sentimiento. Los aplausos estallaron a su alrededor, pero para Elena sonaron lejanos y distorsionados. Se sentía atrapada en una burbuja de hielo. Estaba hecho. Era la señora Montero. La recepción se celebró en el salón más lujoso del hotel más caro de la ciudad.
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