La obligaron a casarse y en su noche de bodas él le dijo: Quítate el vestido, para mí no existes…

Todo era opulencia y exceso. Candelabros de cristal, orquestas en vivo y montañas de comida que ella no podía ni probar. Ricardo se movía entre los invitados con una facilidad y una confianza que demostraban que este era su mundo. Elena lo seguía a su lado, una sombra sonriente, la muñeca perfecta en su brazo. Él le presentaba a la gente con una fórmula simple y distante: “Les presento a mi esposa Elena.” Y ella sonreía, asentía y decía las palabras correctas.

Se sentía como si su cuerpo estuviera allí, pero su mente y su alma se hubieran quedado en la puerta de la iglesia. Durante un momento se cruzó con la madre de Ricardo, Isabel Montero, una mujer elegante y de mirada severa que la examinó de arriba a abajo con desaprobación apenas disimulada. “Espero que entiendas la posición en la que te encuentras ahora, muchacha”, le dijo en un tono bajo y afilado. El apellido Montero exige un cierto estándar. No nos defraudes.

Elena solo pudo asentir, sintiéndose aún más pequeña e insignificante. La única persona que le mostró un poco de amabilidad fue la hermana menor de Ricardo Lucía. Era joven, alegre y parecía genuinamente contenta. “Bienvenida a la familia”, dijo abrazándola con entusiasmo. “No hagas caso a mi hermano, es un gruñón, pero en el fondo tiene corazón.” Elena dudaba seriamente de esa última parte. Luego llegó el momento del primer baile. La orquesta empezó a tocar un bals lento y Ricardo la guió a la pista.

Su mano en su espalda era una presión firme, controladora. Su otra mano sostenía la suya con la misma falta de ternura. Se movían en silencio, un silencio cargado de una tensión que nadie más parecía notar. Para el mundo eran la pareja perfecta, pero en su pequeño universo de dos, el aire estaba cargado de resentimiento. Elena se atrevió a mirarlo a los ojos. “¿Estás satisfecho?”, susurró ella, su voz temblando ligeramente. “Tu familia ha comprado su seguridad.” “¿Es eso lo que quería saber?” Los ojos de Ricardo se oscurecieron.

Se inclinó un poco más, su aliento cálido rozando su oreja, enviando un escalofrío por su columna. No finjas que esto es una tragedia solo para ti. Yo no elegí esto tampoco. Sonríe para las cámaras, Elena. Es lo mínimo que puedes hacer después de lo que este circo le ha costado a mi familia. Tu padre no fue el único que tuvo que tragar su orgullo. Su voz era un veneno suave destinado solo para ella. la sujetó con un poco más de fuerza.

Estoy haciendo mi parte del trato. No esperes que finja felicidad, replicó ella con una valentía que no sabía que tenía. Una media sonrisa torcida y fría apareció en los labios de Ricardo. No espero absolutamente nada de ti, solo obediencia. Recuerda tu lugar. La canción terminó y él la soltó como si quemara, dejándola sola en medio de la pista de baile antes de volverse para hablar con un grupo de hombres de negocios. Elena se sintió humillada y furiosa.

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