Se detuvo justo delante de ella, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Este matrimonio, continuó, su voz, un susurro peligroso. Es un contrato, una farsa para el mundo exterior. Para mí, tú no existes como esposa. Levantó una mano y con la punta de un dedo rozó el encaje de su hombro. El contacto la hizo estremecerse de pies a cabeza. No fue un toque de deseo, sino de desprecio. Este tejido, este blanco, es una mentira.
Ambos lo sabemos. No finjas ser una novia inocente que viene a mí llena de sueños. Eres una mujer que se vendió y yo soy el hombre que se vio obligado a comprarte. Las palabras la golpearon con la fuerza de una bofetada. Las lágrimas que había contenido durante todo el día ardieron en sus ojos, pero se negó a darle la satisfacción de verla llorar. Levantó la barbilla. Si tanto me desprecias, ¿por qué aceptaste este trato? Porque mi padre, en su lecho de muerte me ató a su estúpida promesa con tu padre.
Porque el control total de mi propia empresa dependía de este sacrificio. Escupió la palabra. Pero no te equivoques, he cumplido mi parte del trato. Tú eres la señora Montero a los ojos de la ley y la sociedad. Pero aquí dentro, hizo un gesto abarcando la habitación. Aquí dentro no eres nada para mí. Se apartó de ella y señaló una puerta en la pared opuesta. Esa es tu habitación. Es tan grande y lujosa como esta. Tienes tu propio baño y tu propio vestidor.
Esta es la mía. No cruces esa puerta a menos que la casa esté en llamas. En público actuaremos como un matrimonio devoto. Detrás de estas paredes somos extraños. ¿Entendido? Elena, sin voz, solo pudo asentir. El alivio de que no la forzaría a nada se mezclaba con la humillación más profunda que jamás había sentido. Se sentía como un objeto, un mueble caro que él había comprado, pero que no quería ver. Bien”, dijo él dándole la espalda y caminando hacia el balcón, dándola por despedida.
“Ahora vete. No quiero verte.” Sin decir una palabra más, Elena se giró. Con toda la dignidad que pudo reunir, caminó hacia la puerta que él le había indicado, su vestido susurrando contra el suelo de mármol. Al cerrar la puerta de su nueva habitación tras ella, finalmente se derrumbó. se apoyó contra la madera fría y las lágrimas silenciosas y calientes comenzaron a rodar por sus mejillas. Estaba a salvo de él físicamente, pero se dio cuenta de que su corazón y su orgullo estaban en un peligro mucho mayor.
Su matrimonio era una mentira y su vida, una celda. La primera mañana en la mansión Montero fue extraña y desoladora. Elena se despertó en una cama enorme, sola, en una habitación desconocida que olía a pintura fresca y a nuevo. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas automáticas, revelando un espacio decorado con un gusto exquisito, pero impersonal. No había ni un solo toque personal, ni una foto, ni un libro. Era como una habitación de hotel de lujo, una en la que te quedas de paso.
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