Se duchó en el baño de mármol, tan grande como el salón de su antigua casa, y se vistió con la ropa que habían traído de su casa, la cual ya estaba perfectamente colgada y doblada en el vestidor por alguien invisible. La sensación de ser una invitada, una intrusa, era abrumadora. Bajó las escaleras con el corazón encogido, sin saber qué esperar. El silencio de la casa era casi total, solo roto por el suave zumbido de la nevera. Encontró la cocina, un espacio moderno y reluciente donde una mujer mayor, de cabello gris recogido en un moño y sonrisa amable estaba preparando café.
“Buenos días, señora Montero”, dijo la mujer. “Soy Carmen, el ama de llaves. ¿Le apetece desayunar?” El señor ya se fue a la oficina. La mención de Ricardo como el señor la hizo sentirse aún más extraña. Solo un café, por favor, Carmen. Y llámame Elena. Como usted tee, seño. Elena. Carmen le sirvió una taza de café humeante y le señaló una mesa en un rincón soleado con vistas al jardín. El Señor dejó esto para usted. Sobre la mesa había un sobre.
con manos temblorosas lo abrió. Dentro había una tarjeta de crédito de platino y una nota escueta escrita con la letra afilada y decidida de Ricardo para tus gastos. Un coche con chóer está a tu disposición. Mi asistente te llamará para programar cualquier evento social al que debas asistir. No me avergüences. Ni un buenos días, ni una palabra amable, solo instrucciones frías y transaccionales. Elena apretó la mandíbula. No me avergüences. Como si ella fuera una niña a la que hubiera que vigilar.
Se pasó el resto del día vagando por la inmensa casa, sintiéndose como un fantasma. La mansión era preciosa, pero vacía. Tenía piscina, gimnasio, una biblioteca llena de libros que parecían no haber sido leídos nunca y un cine en casa. Tenía todo lo que el dinero podía comprar y aún así se sentía más pobre que nunca. Por la tarde la soledad y la inacción se hicieron insoportables. Necesitaba aire. Necesitaba algo familiar. Carmen, ¿podría pedirle al chófer que me lleve a mí, a la floristería de mi familia?
Por supuesto, Elena. Le avisaré a Marcos ahora mismo. El viaje de vuelta a su barrio fue como viajar a otro mundo. Dejó atrás las colinas de los ricos con sus muros altos y sus cámaras de seguridad y regresó a las calles bulliciosas y llenas de vida que conocía. Cuando el lujoso coche negro se detuvo frente al jardín de los recuerdos, Elena sintió la primera punzada de alivio del día. La pequeña tienda, con su fachada pintada de verde y sus macetas desbordantes de flores de colores, era su verdadero hogar.
Al entrar, el aroma familiar de las rosas, los lirios y la tierra húmeda la envolvió como un abrazo. “Elena”, exclamó su padre saliendo de la trastienda. Sus ojos se iluminaron al verla, pero había una sombra de preocupación en ellos. “¿Qué haces aquí, hija? ¿Está todo bien? Todo está perfecto, papá. Solo quería pasar a saludar y y ver cómo estaban las cosas. Le dio un abrazo, aferrándose a él con más fuerza de la necesaria. En ese momento, la campanilla de la puerta volvió a sonar y entró Daniel.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
