Daniel era un amigo de la infancia, ahora un paisajista de talento que a menudo colaboraba con la tienda. Era alto, de sonrisa fácil y ojos amables del color de la miel. Siempre había tenido una debilidad por Elena, algo que todos sabían, pero de lo que nunca se hablaba. Elena, vaya, no esperaba verte. Oí las noticias. Enhorabuena, dijo, aunque su sonrisa no llegó del todo a sus ojos. Había una nota de tristeza en su voz. “Gracias, Daniel”, respondió ella, sintiéndose una farsante.
“Estás. Te ves increíble. La vida de casada te sienta bien. Era mentira. Tenía ojeras y se sentía un desastre, pero apreció el cumplido. Su padre tuvo que atender a un cliente dejándolo solos. Y como estás de verdad?”, preguntó Daniel en voz baja, su expresión llena de una preocupación genuina que contrastaba brutalmente con la frialdad de Ricardo. Elena sintió que el nudo en su garganta volvía a formarse. Quería derrumbarse y contarle todo, la humillación, la soledad, el miedo, pero no podía.
había hecho un trato. Estoy bien, de verdad. Es un gran cambio. Eso es todo. Daniel asintió, aunque era evidente que no la creía. Bueno, si alguna vez necesitas hablar o simplemente escaparte para tomar un café y recordar viejos tiempos, sabes dónde encontrarme. Extendió la mano y apretó la suya con suavidad. Su tacto era cálido y reconfortante. En ese preciso instante, Elena se dio cuenta de que su sonrisa era sincera por primera vez en días. Reír de un chiste tonto que Daniel hizo sobre una de las plantas, un momento de normalidad en medio de su caótica nueva vida.
Lo que no sabía era que en ese exacto momento un coche negro con los cristales tintados pasaba lentamente por la calle. Dentro, Ricardo Montero se dirigía a una reunión en esa zona de la ciudad. Vio el coche de su empresa aparcado fuera de la modesta floristería. por un impulso que no entendió, le dijo a su chófer que se detuviera un momento y entonces la vio. A través del escaparate vio a Elena, su esposa, y no la vio como la figura tensa y pálida de la boda, sino como una mujer relajada, riendo abiertamente, y la vio con un hombre, un hombre que la miraba con una adoración descarada, sosteniendo su mano.
Ricardo no sintió celos, no en el sentido tradicional. Él no la quería. Lo que sintió fue algo más oscuro, más primario, una punzada de ira posesiva. Esa era la señora Montero, su esposa, y estaba allí en una tienda de mala muerte coqueteando con un don nadie. La imagen de su sonrisa, una sonrisa que él nunca había visto dirigida a él, se le grabó en la mente. Era una afrenta, una violación del trato. Le había ordenado no avergonzarlo y esto era exactamente eso.
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