La obligaron a casarse y en su noche de bodas él le dijo: Quítate el vestido, para mí no existes…

“Aranca”, le dijo bruscamente a su chófer. El coche se deslizó silenciosamente, pero la rabia fría de Ricardo empezó a hervir. Esa noche pagaría por su pequeña indiscreción. Esa noche le recordaría exactamente a quién pertenecía. Cuando Elena regresó a la mansión esa tarde, se sentía un poco más ligera. La visita a la tienda y la conversación con Daniel le habían dado un respiro, un recordatorio de que todavía existía una parte de ella que no era la señora Montero.

Se encontró con Carmen, quien le informó que el señor Montero había llamado para decir que llegaría tarde, que no lo esperara para cenar. Elena sintió una oleada de alivio. Cenó sola en el enorme comedor, una comida deliciosa que apenas probó. Luego se retiró a su habitación, se puso un pijama cómodo y se acurrucó en la cama con un libro, esperando que el sueño llegara pronto. Pero pasada la medianoche, el sonido de la puerta principal cerrándose con fuerza la sobresaltó.

Oyó sus pasos pesados y decidido subiendo la escalera. El corazón comenzó a latirle con fuerza. Luego un silencio esperó conteniendo la respiración hasta que un golpe brusco y autoritario sonó en la puerta que conectaba sus habitaciones. Se sobresaltó. No cruces esa puerta a menos que la casa esté en llamas, le había dicho él. ¿Qué quería? Se levantó de la cama, se puso una bata y caminó hacia la puerta con pies temblorosos. Ricardo, abre la puerta. Elena. Su voz era dura, sin espacio para la negociación.

Ella giró la manilla y abrió. Ricardo estaba de pie en el umbral. Se había quitado la corbata y desabrochado los primeros botones de la camisa y su cabello estaba ligeramente desordenado. Olía a whisky de nuevo, pero esta vez sus ojos no estaban fríos. Estaban ardiendo. Ardían con una furia helada que la dejó sin aliento. Sin esperar una invitación, entró en su habitación, su presencia llenando el espacio al instante, haciéndolo parecer pequeño y claustrofóbico. Cerró la puerta tras sí con un clic definitivo.

¿Te divertiste hoy?, preguntó. Su voz era un murmullo bajo y peligroso. Elena retrocedió un paso. ¿De qué estás hablando? No te hagas la tonta conmigo, Siseo, acercándose a ella. Te vi en esa tienducha tuya con ese hombre. La forma en que pronunció la palabra hombre estaba cargada de veneno. La sorpresa y el miedo se reflejaron en el rostro de Elena. ¿Nos viste? Yo solo estaba. Estabas riendo, coqueteando, dejando que te tocara. la interrumpió, su voz subiendo de volumen.

Delante de todo el mundo, la flamante señora Montero actuando como una cualquiera en una esquina. “Y eso no es verdad”, exclamó ella, la injusticia de la acusación encendiendo su propia ira. “Daniel es un amigo, un amigo de toda la vida y no estaba haciendo nada malo.” “Un amigo,” se burló Ricardo ahora a solo unos centímetros de ella. era tan alto, tan imponente. Elena tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. La forma en que te miraba no era la de un amigo y la forma en que tú le sonreías.

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