La obligaron a casarse y en su noche de bodas él le dijo: Quítate el vestido, para mí no existes…

Hizo una pausa y su mirada recorrió su rostro, sus ojos oscuros llenos de una intensidad que la asustó y a un nivel muy profundo y confuso la fascinó. Esa sonrisa no es parte de nuestro trato. No se la das a él. No se la das a nadie, solo a mí, cuando estemos en público y te lo ordene. Su arrogancia era asombrosa. Tú no eres dueño de mis sonrisas, Ricardo. El desafío en su voz pareció enfurecerlo aún más.

En un movimiento rápido, su mano se cerró en su brazo. Su agarre era de acero, no le hacía daño, pero era una demostración inequívoca de poder. No me provoques, Elena. Puede que no me interese tu cuerpo, pero tu nombre, tu imagen ahora son míos y no toleraré que los manches. El calor de su mano atravesó la tela de su bata y su pijama, quemando su piel. La proximidad de su cuerpo, la intensidad de su mirada, el olor de su piel, todo conspiró para crear una extraña mezcla de miedo y una conciencia aguda y vibrante de él como hombre.

No estaba manchando nada”, insistió ella, su voz un susurro tenso. “¿Y no tienes derecho a irrumpir en mi habitación?” Y se inclinó aún más, su rostro a centímetros del de ella, su aliento cálido en su piel. “Tengo todos los derechos. Esta casa es mía. Esta habitación es mía. Y tú,” sus ojos bajaron a sus labios por un instante fugaz. “Tú eres mía. Aunque no te toque, aunque finja que no existes, no lo olvides ni por un segundo.

Cada parte de ti me pertenece ahora. Sus palabras eran crueles, posesivas, pero pronunciadas en ese susurro bajo y ronco, tuvieron un efecto inesperado en ella. Un escalofrío que no era solo de miedo recorrió su cuerpo. Vio algo en sus ojos, una llama oscura, una posesividad cruda que era casi animal y se dio cuenta, con un terror paralizante, de que esa intensidad la atraía. Quizás era la primera emoción genuina que él le había mostrado, aunque fuera ira. Él la vio temblar, vio el desconcierto y algo más en sus ojos.

Su mirada volvió a caer sobre sus labios y por un segundo Elena contuvo la respiración, convencida de que iba a besarla. El aire crepitaba entre ellos, espeso y cargado. Pero entonces, como si se diera cuenta de lo que estaba haciendo, su expresión se endureció de nuevo, volviéndose una máscara de hielo. La soltó tan bruscamente como la había agarrado, dando un paso atrás como si ella misma le quemara. No vuelvas a verme con él”, ordenó su voz recuperando su filo frío.

“Mantente alejada de él, esa es tu única advertencia.” Se dio la vuelta, caminó hacia la puerta de conexión y la abrió. Antes de salir, se detuvo y la miró por encima del hombro. Y esta puerta se mantiene cerrada. No vuelvas a abrirla para mí. La próxima vez no seré tan contenido. Y con esa amenaza velada, salió y cerró la puerta de un portazo, dejándola sola, temblando, con el corazón desbocado y la marca fantasma de sus dedos en el brazo.

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