Iván Serguéyevich, un hombre de edad avanzada, de aire refinado y penetrantes ojos grises, sostenía delicadamente la mano de Anna.
Todo en él, desde su traje a medida hasta su actitud serena y segura de sí misma, reflejaba a alguien acostumbrado a conseguir exactamente lo que deseaba.
Los padres de Anna, ataviados con sus mejores galas, sonrieron con orgullo y satisfacción. Ver a su hija junto a un hombre tan rico era como un sueño hecho realidad; la seguridad financiera que siempre habían anhelado parecía ahora al alcance de la mano. Al concluir la ceremonia nupcial y comenzar la fastuosa celebración, su entusiasmo no hizo más que crecer.
Entre el tintineo de copas y las risas educadas, Anna permaneció inmóvil, apenas logrando sonreír. Su expresión era vacía, su alegría ausente. Cada gesto cortés que hacía era un acto cuidadosamente ensayado, que enmascaraba la agitación que se gestaba en su interior.
Cada mirada que lanzaba estaba cargada de desesperación: un grito de auxilio silencioso pero inconfundible. Para ella, ese día no simbolizaba amor ni unión, sino traición. No era más que una prenda, entregada en un acuerdo diseñado por sus padres y sellado por un hombre al que apenas conocía.

—Estás guapísima —dijo Iván en voz baja, al notar la mirada distante en sus ojos—. Espero que podamos aprender a llevarnos bien.
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