Anna no respondió.
Sus ojos estaban fijos en un punto distante, muy alejado del resplandeciente salón o del hombre a su lado.
Pensó en todas las esperanzas y sueños que alguna vez tuvo, y en cómo ninguno de ellos se había considerado. Su futuro había estado determinado por la búsqueda de riqueza y estatus, y sus deseos habían sido ignorados por completo.
Más tarde esa noche, tras la partida del último invitado y la tranquilidad en la casa, Anna se encontró sola en la vasta finca con su nuevo esposo. El silencio dentro de la gran villa era sofocante. Al entrar en el dormitorio, Iván la miró con una intensidad inquietante. Entonces habló, en voz baja y pausada:
“Quiero que me llames 'Papá'”

Anna se quedó paralizada, atónita ante la petición. Las palabras la golpearon como un puñetazo en el pecho, dejándola sin aliento. Lo miró fijamente, sin palabras. Él continuó:
No es una fantasía retorcida. Siempre te he visto así. Conocí a tus padres durante años... Te he visto crecer. Siempre supe que un día serías mía. Ayudé a tu familia cuando lo necesitaron. Me aseguré de que todo condujera a este momento. Ahora, eres mía.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Anna cuando se dio cuenta de la profundidad de su obsesión.
Este no fue solo un matrimonio arreglado; fue el último paso de un plan cuidadosamente elaborado que él había orquestado hacía mucho tiempo. Ella no era simplemente su esposa; era el resultado de la manipulación y el control.
Una lágrima se deslizó por su mejilla mientras el peso de su realidad se instalaba en ella. Ahora comprendía que no solo había perdido su libertad, sino que había perdido su propio sentido de sí misma.
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