La sala de profesores olía a café fuerte y a cansancio.

Dasha, sentada en el rincón de los niños, observaba en silencio. Aún no entendía todas las palabras de los adultos, pero presentía que algo importante había sucedido. Su corazoncito empezó a latir con alegría: la tía estaba viva, papá por fin se había sincerado y ahora todo podía cambiar.

Antón apretó las manos de Margarita con fuerza, sin soltarla. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero ya no había vacío en su mirada; solo una emoción genuina y viva.

Por primera vez en mucho tiempo, Margarita sintió que no estaba sola, que su lucha, su búsqueda de la verdad, no había sido en vano. Había ganado, pero no sola: quien amaba también había ganado.

Igor Sergeyevich se acercó y le puso suavemente la mano en el hombro:

"Ahora solo falta recuperarse". Las emociones habían sido una prueba, pero ahora comienza la verdadera sanación.

Margarita asintió. Sabía que le quedaba un largo camino por delante, pero ahora poseía lo que le daba la fuerza para vivir: la verdad, el amor y la fe en quienes la rodeaban.

Los días siguientes transcurrieron con un trabajo silencioso pero continuo. Margarita recuperó gradualmente sus fuerzas: primero, pequeños movimientos de sus dedos, luego pasos cautelosos por la sala, conversaciones con las enfermeras e Igor Sergeyevich. Cada día era una victoria sobre su cuerpo, sobre sus miedos, sobre los recuerdos del oscuro vacío en el que había vagado durante el coma.

Antón estuvo cerca casi todo el tiempo. Al principio con cautela, como si temiera romper algo frágil, y luego con creciente confianza. La observaba, aprendiendo a comprender su silencio, a respetar su espacio, pero sin perder su cercanía. Cada caricia suya, cada palabra suya, ahora estaba llena de atención y cuidado, que...

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