La Sinhá Tuvo Trillizos y Mandó a la Esclava Desaparecer con el que Nació Más Oscuro…

En un claro escondido estaba la chavola abandonada. Perteneció a un capataz que murió de fiebre amarilla. Las paredes de barro estaban cubiertas de musgo. El techo de paja tenía agujeros. El suelo de tierra batida estaba húmedo. Benedita se arrodilló. Colocó al bebé sobre una manta vieja. Miró el rostro tranquilo, los labios rosados. Dormía ajeno a su destino cruel. “Merecías más, hijo mío.” Lloró. usó esa palabra que no sería verdad. Algo dentro de ella se rompió. Benedita regresó a la casa grande.

Al amanecer entró por la puerta de la cocina. Sus manos temblaban. Su rostro estaba mojado por lágrimas secas. Escuchó el tropel de caballos en el patio. Su sangre se heló. El coronel Tertuliano Cavalcante había llegado antes de lo esperado. Venía de San Pablo. Escuchó su voz grave gritando órdenes. Luego pasos pesados en la varanda. ¿Dónde está mi esposa? Nacieron los niños. Gritaba ebrio de ansiedad. Benedita se escondió detrás de la puerta de la despensa. Su corazón latía fuerte.

Todo dependía de los próximos minutos. El coronel subió las escaleras a tropezones. Sus botas golpeaban fuerte la madera. Era un hombre alto. Tenía bigotes tupidos y mirada dura. Vestía un traje negro sucio de polvo. Llevaba una cadena de oro. En el pasillo se cruzó con doña Sebastiana. La partera bajaba con una palangana. Y bien, doña Sebastiana, ¿cuántos?, preguntó. La sujetó del hombro. La partera respondió sin pensar. Tres, coronel. Fueron tres niños trillizos, algo raro, un milagro de Dios.

El rostro de Tertuliano se iluminó. Sus ojos brillaron de orgullo. Tres herederos, tres cabalcante. Río fuerte se golpeó el pecho, pero al abrir la puerta del cuarto vio solo dos bebés. Amelia estaba acostada, pálida. Sus cabellos desordenados se pegaban a su rostro. Sostenía dos bebés envueltos en lino, ambos de piel clara y rosada. vio entrar a su marido. Su corazón casi se detuvo. Necesitaba actuar rápido, tertuliano”, susurró con voz débil. Sus ojos se llenaron de lágrimas ensayadas.

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