La Sinhá Tuvo Trillizos y Mandó a la Esclava Desaparecer con el que Nació Más Oscuro…

Regresaron a la chavola, vieron a Bernardo. Jugaba solo. Hablaba con los pájaros. Había algo perturbador, los mismos ojos almendrados, la misma manera de fruncir el ceño, el mismo hoyelo en el mentón del coronel Tertuliano. La verdad los asfixiaba. Una tarde de diciembre, Benedito tomó una decisión. Preguntamos a la madre y dijo, “Los puños cerrados. Quiero oírlo de su boca.” Bernardino estuvo de acuerdo. La verdad era mejor que la duda. Encontraron a la señora Amelia en la varanda.

Bordaba un pañuelo, tomaba té, estaba más delgada, el cabello encanecía, los ojos cansados. Vio a sus hijos, sintió un escalofrío. Madre, comenzó Benedito, su voz firme. Usted nos mintió sobre el hermano que murió. Amelia dejó caer la taza. El ruido de la porcelana quedó pálida, los labios temblaban. ¿Qué historia es esa? Bernardino se acercó. Ojos llorosos. Lo sabemos, madre. Lo vimos. Hay un niño escondido. Benedita lo cuida. Es nuestro hermano, ¿verdad? El silencio fue ensordecedor. La verdad se destrozó.

Amelia rompió a llorar. Su cuerpo se sacudió. Se cubrió el rostro. No pudo hablar. Los mellizos quedaron paralizados. Vieron a su madre deshacerse. Levantó el rostro. Ojos rojos. “Sí”, susurró vorrota. Sí, es vuestro hermano. Nació con ustedes, pero él era diferente, piel más oscura. Tuve miedo. Miedo de vuestro padre, miedo de lo que diría la gente. Ordené a Benedita desaparecerlo. Las palabras salieron como confesión. Benedito y Bernardino se miraron horrorizados. “Usted mandó matar a nuestro hermano”, le preguntó Benedito.

Bostemblorosa. Amelia movió la cabeza. Creí que moriría solo. No sabía que Benedita lo salvaría. La noticia explotó en los mellizos. Benedito salió corriendo, gritó, pateó piedras. Bernardino miró a su madre. Decepción, asco. ¿Cómo pudo usted? Susurró. Se fue. Amelia. Quedó sola, arrodillada, rodeada de pedazos de taza. Perdió al hijo que rechazó. Perdió el respeto de los que crió. Era solo el comienzo. La verdad. Una vez libre, no vuelve a la jaula. Esa misma noche, Benedito hizo lo impensable.

Contó todo al padre. Entró en el despacho del coronel Tertuliano. El hombre fumaba, revisaba libros, soltó todo. Padre, usted tiene otro hijo. No murió, está vivo, escondido. La madre mandó a Benedita desaparecerlo. Nació con la piel más oscura. Tertuliano levantó los ojos. El puro se detuvo. No dijo nada. se levantó. Ojos inyectados de furia. Repite. Benedito. Repitió. El coronel volcó la mesa. Papeles volaron. Benedita rugió. La voz resonó. La venganza comenzó. Benedita fue arrastrada. Las cadenas tintineaban.

Sabía que su fin llegaba. La llevaron frente al coronel. Él estaba en el patio. Tenía un látigo de cuero, el rostro deformado. “¿Escondiste a mi hijo?”, rugió. Benedita, de rodillas levantó el rostro. No bajó los ojos. Escondí. Sí, señor. La señora me mandó matarlo. No tuve valor. Preferí criarlo en el monte con hambre y frío. A dejarlo morir. La sinceridad desarmó a Tertuliano. Levantó el látigo, dudó. ¿Dónde está Benedita? Respiró hondo. En la chavola vieja, cerca del arroyo, solo esperando mi regreso.

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