La puerta se cerró tras Helena con un golpe sordo, y el silencio en el apartamento se volvió opresivo. Marie permaneció inmóvil unos segundos, apoyada en el frigorífico, intentando regular la respiración. Le temblaban las manos, las piernas se le aflojaron. Solo entonces se dio cuenta de lo agotada que estaba: no solo por el trabajo, sino por meses de tensión, concesiones y palabras tragadas.
Se sentó en la silla y se cubrió el rostro con las manos. En su cabeza resonaba una y otra vez la misma pregunta: ¿cuándo se había convertido su vida en esto? ¿Cuándo había permitido que alguien entrara en su casa con su propia llave, contara su dinero y decidiera qué era “lo correcto”?
Esa noche Victor llegó tarde. Dejó la chaqueta sobre el respaldo de la silla y entró en la cocina como si nada hubiera pasado.
—Mi madre dijo que hoy estuviste bastante fría —comentó, sirviéndose un vaso de agua—. No entiendo por qué haces tanto drama por una simple petición.
Marie lo miró largo rato. Por primera vez no sintió ni la necesidad de justificarse ni el miedo a herirlo.
—Entró en el piso sin avisar, me gritó y me exigió dinero como si le perteneciera —dijo con calma—. Y tú le contaste todo sin preguntarme siquiera.
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