Victor se encogió de hombros.
—Es mi madre. Es la familia. Así se hacen las cosas.
Victor se encogió de hombros.
—Es mi madre. Es la familia. Así se hacen las cosas.
—No, Victor. Así te enseñaron a hacerlas —respondió Marie—. Yo no aprendí a vivir sin límites.
Él suspiró con fastidio, pero no dijo nada más. Se fue a dormir sin volver a dirigirle la palabra.
A la mañana siguiente, Marie se levantó temprano. Abrió el portátil y empezó a revisar cuentas, aplicaciones, contratos. Cambió una a una todas las contraseñas. El acceso de Helena a la cuenta compartida, a las apps de reparto, a los servicios de streaming: todo quedó bloqueado. Llamó también a la administración del edificio para avisar de que nadie más tenía permiso para entrar en el apartamento. Ese mismo día cambió la cerradura.
Cuando el teléfono empezó a sonar sin parar, no contestó. Los mensajes se acumulaban: reproches, acusaciones, amenazas veladas. “¿Cómo pudiste?”, “¿Así nos lo pagas?”, “Victor está destrozado”. Marie los leyó todos y luego dejó el teléfono boca abajo.
Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía culpable.
Esa noche Victor estalló.
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