La viuda compró la tierra que nadie quería. Lo que desenterró lo cambiaría todo.
Cuando Teresa bajó de la camioneta, el suelo se quebró bajo sus sandalias como algo frágil y exhausto. El sol del sur de México no tenía piedad; lo azotaba todo con la misma crueldad: los techos de hojalata oxidados, los mezquites retorcidos, los cauces secos reducidos a pálidas cicatrices sobre la tierra. Era principios del siglo XX, en un rincón olvidado de Guerrero donde el agua valía más que las monedas, y la supervivencia no se medía en años, sino en cuántas cubetas se podían cargar antes de desplomarse.
En este lugar, un pozo profundo significaba prosperidad. Sin él, significaba caminar kilómetros bajo un cielo abrasador, rezando por una lluvia que caía tan raramente que parecía un rumor más que una promesa.
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