Teresa tenía solo treinta y dos años, pero el dolor le había marcado el rostro. Apenas unos meses antes, una fiebre se había llevado a su marido en menos de tres días. Sin previo aviso. Sin despedida. En un instante estaba vivo, al siguiente lo envolvían en telas y lo enterraban. De la noche a la mañana, Teresa enviudó con dos hijas pequeñas y un puñado de pesos que custodiaba con tanto cuidado como la llama de una vela al viento.
Regresar a casa de sus padres significaba rendirse: vivir bajo la compasión constante y el mismo futuro angosto que se les ofrecía a las mujeres que se atrevían a estar solas. Quedarse significaba arriesgarlo todo.
"Puedo hacerlo", susurró. No como una declaración, sino como una súplica que esperaba que la tierra la escuchara.
Por eso compró la tierra que nadie quería.
La parcela estaba lejos del río, abandonada durante años. La casa apenas se mantenía en pie, con el techo hundido y las paredes deformadas por el tiempo. La tierra estaba tan compactada y sin vida que ni la maleza se atrevía a reclamarla. Cuando el notario del pueblo se la vendió, negó con la cabeza con suavidad.
—Es barato —dijo con voz cargada de advertencia—. Pero aquí no hay futuro.
Teresa no discutió. No estaba comprando un futuro. Estaba comprando una oportunidad.
La casa parecía menos un refugio y más un recuerdo: tablones sueltos, una puerta torcida, agujeros en el techo por donde entraba la luz del sol como un juicio silencioso. Ana, de cuatro años, se aferraba a la mano de su madre con los ojos abiertos.
“¿Estás aquí, mamá?” preguntó suavemente.
Teresa se tragó el nudo que tenía en la garganta y forzó la fuerza en su voz.
—Sí, mi amor. Toma. Lo arreglaremos poco a poco.
Esa primera noche, durmieron sobre mantas gastadas extendidas sobre el suelo de tierra, escuchando el canto de insectos y animales lejanos en la oscuridad. La pequeña Rosa se removió inquieta mientras dormía. Teresa permaneció despierta, observando el pecho de sus hijas subir y bajar, preguntándose si la fuerza de una mujer por sí sola podría sostener una vida entera.
Antes del amanecer, ató a Rosa a su espalda con un chal descolorido, tomó la única herramienta que tenía —una azada maltratada— y salió.
Trabajaba como si cada golpe de tierra fuera una plegaria. Remendaba agujeros con trozos de madera, clavaba clavos con las manos doloridas, limpiaba años de abandono poco a poco. El sudor le empapaba la ropa. Las ampollas le rajaban las palmas. Aun así, no se detuvo.
Después de unos días, los vecinos comenzaron a aparecer, no para ayudar, sino para observar.
Se apoyaron contra la valla, con los brazos cruzados, observando como la gente observa un fracaso lento e inevitable.
Doña Petra llegó primero, con el rostro endurecido por décadas de sol y decepción.
“¿Eres el nuevo dueño?” preguntó.
Teresa asintió sin detener su trabajo.
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