La viuda compró un terreno olvidado. Mientras cavaba para sembrar maíz, descubrió un misterio que nadie esperaba.

—Sola. Dos hijos. En esta tierra. —La mujer chasqueó la lengua—. Aquí no crece nada. El último dueño huyó. No durarás.

Las palabras cayeron pesadas, como piedras arrojadas deliberadamente a sus pies.

Teresa se enderezó, inhaló profundamente y respondió en voz baja: “No me doy por vencida fácilmente”.

Doña Petra se rió —un sonido seco y sin humor— y se alejó.

Teresa siguió adelante.

Durante semanas, acarreó agua del pozo comunal a casi media hora de distancia. Ana caminaba a su lado, cargando con orgullo una pequeña lata. Rosa dormía a la sombra cuando el calor se volvía insoportable. Teresa sembraba maíz, frijoles y calabazas, gastando sus últimas monedas en semillas como si comprara la esperanza misma.

Ella regó. Ella esperó.

Los brotes aparecieron... y luego se marchitaron. Uno a uno, murieron, como si la tierra misma la rechazara.

Los rumores se extendieron por todo el pueblo.

“Pobres niños.”

“Esa mujer es testaruda.”

Teresa los oía a todos. Pero cada vez que veía a sus hijas reír, jugando en el polvo, recordaba por qué se quedaba: porque no crecerían creyendo que el mundo decide los límites de una mujer.

Una noche, con el cuerpo dolorido hasta límites indescriptibles, Teresa se arrodilló en el duro suelo y oró en un susurro dirigido únicamente a la tierra bajo sus rodillas.
Dios mío, no sé si elegí bien. Pero mis hijas me necesitan. Si hay una bendición enterrada en esta tierra... muéstrame dónde.

La tierra permaneció en silencio.

Por ahora.

 

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