La viuda compró un terreno olvidado. Mientras cavaba para sembrar maíz, descubrió un misterio que nadie esperaba.

Y debajo de ese suelo agrietado y olvidado, algo esperaba, algo que nadie jamás había esperado.

Al día siguiente tomó una decisión que era al mismo tiempo desesperada y valiente.

Si la superficie no fuera suficiente, cavaría más profundo.

Eligió un rincón del terreno y empezó a cavar un gran hoyo. Cada palada era una lucha con la tierra. Los vecinos se burlaban de él.

—Está cavando su propia tumba.

Teresa no respondió. Simplemente cavó.

Una mañana, cuando el hoyo ya era profundo, el sonido de la tierra cambió. Teresa metió la azada y sintió humedad. Cavó de nuevo. Y entonces oyó algo diferente.

Agua…..

Primero brotó lentamente. Luego con fuerza. Clara, viva, surgiendo de lo más profundo.

Teresa cayó de rodillas, empapada, riendo y llorando al mismo tiempo.

—¡Ana! ¡Agua! ¡Tenemos agua!

Ana miró con ojos enormes.

—¿De dónde salió, mamá?

—Hija de Dios.

Esa noche Teresa no durmió. Observó cómo el manantial brotaba sin cesar y pensó en las mujeres que caminaban con cubos, en los niños sedientos. Y se hizo una pregunta que pesa más que el oro: ¿una bendición se guarda o se comparte?
Ella decidió compartirlo.

Cavó canales y dejó que el agua corriera. En cuestión de días, el jardín empezó a reverdecer. En cuestión de semanas, su parcela era la única viva en kilómetros a la redonda.

Los vecinos cambiaron su perspectiva.

Doña Petra regresó.

 

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