La viuda compró un terreno olvidado. Mientras cavaba para sembrar maíz, descubrió un misterio que nadie esperaba.

—¿De dónde sacaste el agua?

—Cavando hondo —respondió Teresa.

—¿Lo venderías?

Teresa lo negó.

—No vendo. Quien lo necesite puede venir.

La noticia se difundió rápidamente. Familias enteras llegaron con baldes. Nadie volvió a morir de sed mientras el agua fluyera.

Con el agua llegó el respeto.

Un día apareció Antonio, un campesino de manos cansadas.

—Vine a darte las gracias —dijo—. Mi maizal se salvó gracias a ti.

Trajo semillas, frijoles, maíz resistente. Regresó al día siguiente, y al otro. Ayudó a reparar la casa para sembrar mejor. Ana lo adoraba. Rosa sonrió al verlo.

Teresa tenía miedo de volver a amar, pero algo en su pecho comenzó a sanar.

Pasaron los meses. La comunidad prosperó. Entonces llegó la amenaza.

Un emisario del cacique local, don Eusebio Barragán, apareció con una oferta para comprar la tierra.

“No está en venta”, dijo Teresa.

Días después, llegó una notificación legal: una supuesta deuda antigua del anterior propietario. Treinta días para desalojar.

El miedo regresó.

Pero esta vez Teresa no estaba sola.

El sacerdote escribió cartas. El notario confirmó que los documentos eran falsos. Más de cincuenta familias firmaron una petición. Antonio buscó un joven abogado.

En el juicio, Teresa dijo la verdad de alguien que no tiene nada que ocultar.

—Nadie quería esta tierra. La trabajé. La compartí. Y ahora me la quieren quitar porque tiene valor.

El juez escuchó, revisó y decidió.

El terreno pertenecía a Teresa.

El cacique salió derrotado por algo que no entendía: un pueblo unido.

La vida continuó.

 

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