La viuda compró un terreno olvidado. Mientras cavaba para sembrar maíz, descubrió un misterio que nadie esperaba.

Ana empezó a llamar a Antonio "Papá" sin que nadie le enseñara. Un día, en el huerto, Antonio se arrodilló con un sencillo anillo.

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“No porque tú me necesites”, dijo, “sino porque yo te necesito”.

Teresa dijo que sí.

Se casaron en la iglesia del pueblo, rodeados de flores silvestres y risas infantiles. No fue solo una boda; fue la prueba de que la esperanza puede superar la pérdida.

Con los años, la tierra prosperó. Tuvieron un hijo. El manantial siguió fluyendo. El desierto se convirtió en un jardín.

Y cuando Teresa, ya con el pelo canoso, se sentó al anochecer a ver a sus nietos jugar cerca del agua, comprendió el verdadero secreto de aquella tierra:

No era sólo una fuente escondida bajo tierra.

Fue una lección para cualquiera que se atreviera a cavar.

Porque a veces el mayor tesoro no está en la superficie.

A veces está debajo, esperando a alguien con fe, trabajo honesto y el coraje de seguir cavando... incluso cuando todos se ríen.

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