“Nunca vivieron en la oscuridad total”, corrigió Sara con delicadeza. Solo estaban convencidas de que vivían así. La luz siempre estuvo ahí, esperando a que alguien creyera en ella. Ese mismo día llegaron noticias que hicieron la victoria aún más completa. El abogado de Ethan llamó por teléfono con novedades sobre el proceso contra el Dr. Richardson y su equipo. Ethan, la entusiasta voz del abogado, resonó por el altavoz. El Consejo Médico Estatal ha concluido la investigación. Al Dr. Richardson le han suspendido la licencia durante dos años y lo que es más importante, hemos descubierto que otras 17 familias han sido víctimas del mismo caso de negligencia médica.
Sara sintió una oleada de satisfacción recorriendo sus venas. La injusticia que había descubierto en la familia Blackwood era solo la punta del iceberg de un problema mucho mayor. Y hay más, continuó el abogado. El artículo de la doctora Naomi Cohen sobre su caso se ha publicado en la revista médica más prestigiosa del país. Hospitales de todo Estados Unidos están revisando sus protocolos para el diagnóstico de la ceguera infantil. Ithan colgó el teléfono y se volvió hacia Sara con lágrimas en los ojos.
No solo has salvado a mis hijas, has salvado a docenas de otros niños que ni siquiera conocemos. No he sido yo sola, respondió Sara, observando a Rachel y Rebeca jugar en el jardín. Fueron ellas quienes me mostraron que los milagros ocurren cuando nos negamos a aceptar lo imposible como definitivo. Esa tarde, durante una sesión de terapia particularmente exitosa, Rebeca miró directamente a Sara e hizo un comentario que le llegó profundamente al corazón. Sara, gracias por no rendirte con nosotras cuando todos los demás lo habían hecho.
Querida, respondió Sara, arrodillándose para ponerse a la altura de la niña. Mi familia me enseñó que nunca debemos rendirnos con nuestros seres queridos y vosotras os convertisteis en parte de mi familia el primer día que llegué aquí. Ethan se acercó y tomó la mano de Sara. En los últimos meses, además de convertirse en la salvadora de sus hijas, se había convertido en su compañera de vida. La relación había florecido de forma natural, basada en la admiración mutua y un propósito compartido.
Sara, dijo con la voz cargada de emoción, me has devuelto mucho más que la vista de las niñas. Me has devuelto nuestra esperanza, nuestra alegría, nuestro futuro como familia. Seis meses después, la transformación se había completado de una manera aún más sorprendente. Rachel y Rebecca habían sido matriculadas en una escuela regular, necesitando solo algunas adaptaciones mínimas en el aula. Sus profesores informaban que mostraban una determinación y una resiliencia extraordinarias, inspirando a sus compañeros y educadores. Sara había formalizado su puesto como coordinadora de desarrollo especial, pero lo más importante era que se había convertido en la esposa de Ethan y la madre adoptiva de las niñas.
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