Joaquín Tabares siempre había creído que la vida se podía ordenar como se ordenan los números en una hoja de cálculo. Si algo fallaba, se invertía más. Si algo se resistía, se contrataba a alguien mejor. Si el mundo se volvía pesado, se compraba silencio: un auto más caro, un vino más fino, una mansión más lejos del ruido de Buenos Aires.
Pero había una cosa que no se dejaba comprar.
Desde hacía meses, cada noche en la casa de Joaquín terminaba igual: dos voces pequeñas, partidas por el llanto, rebotando en los pasillos altos como en una iglesia vacía. Camila y Luna, sus gemelas de siete años, no podían dormir. O no querían. O quizá sí querían, pero el miedo —ese animal invisible— se les metía debajo de la piel cuando la luz se apagaba.
Joaquín era viudo. Decía esa palabra con frialdad en reuniones, como si fuera un dato más en su biografía. Pero en la intimidad, “viudo” era una puerta cerrada con llave. La madre de las niñas había muerto demasiado pronto, dejando un hueco que nadie se atrevía a nombrar. Las gemelas habían aprendido a vivir con ese hueco como se aprende a vivir con una cicatriz: al principio arde, después duele sin aviso, y al final uno la toca a oscuras para comprobar que sigue ahí.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
