Las Gemelas del Millonario No Podían Dormir, Pero La Empleada Encontró Una Solución Inesperada

Lo que Joaquín no esperaba era que el dolor de sus hijas se transformara en insomnio, en rabietas, en rechazo. Al principio pensó que era una etapa. Luego pensó que era falta de disciplina. Después pensó que era falta de una buena niñera.

Contrató a una.

Luego a otra.

Y otra.

Doce en total.

Doce mujeres preparadas, con diplomas, recomendaciones, cursos de crianza respetuosa, técnicas de respiración, aromas relajantes, música de cuna en inglés y francés. Doce intentos que terminaron igual: una puerta cerrándose con fuerza, una carta de renuncia, un “no puedo con ellas”.

La casa empezó a oler a cansancio. No el cansancio de la gente que trabaja duro y se gana un descanso, sino el cansancio oscuro de quien pelea todas las noches una batalla sin armas. Joaquín se quedaba dormido en el sillón con el nudo de la corbata todavía apretado, despertaba a las dos de la mañana con el llanto otra vez, subía, abrazaba, prometía, calmaba por minutos, volvía a bajar, y al amanecer se iba a la oficina como un fantasma bien vestido.

Y así, en medio de esa mansión que parecía tenerlo todo —cuadros caros, pisos brillantes, lámparas gigantes—, lo único que faltaba era lo más simple: paz.

Cuando Natalia llegó a esa casa, no llegó con diplomas ni con discursos. Llegó con manos gastadas de fregar pisos ajenos y una mochila donde la vida cabía en pocas cosas. Tenía treinta y tres años, y había aprendido desde niña a no esperar demasiado. Era huérfana. No decía la palabra para llamar la atención; la decía porque era cierto. Su padre y su madre se habían ido cuando ella todavía necesitaba que alguien le arreglara los botones del uniforme. Creció pasando de un lugar a otro, con una sensación constante de estar de paso, como si en cualquier momento le pudieran decir: “Aquí ya no”.

Por eso, cuando consiguió empleo en la mansión Tabares como limpiadora, sintió algo parecido a la suerte. El salario era bueno. La casa era estable. Pensó: al fin un sitio donde puedo respirar.

Esa ilusión duró hasta que conoció a Marcela.

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