Natalia pensó rápido.
—De dos princesas valientes… que por las noches se sentían asustadas porque el castillo era muy grande. Y un día descubrieron que el miedo se achica cuando alguien te acompaña.
Camila abrazó la muñeca.
—¿Y su mamá dónde estaba? —soltó de golpe, con la crueldad inocente de quien pregunta lo que le duele.
Natalia tragó saliva. Podría haber mentido. Podría haber cambiado de tema. Pero su voz salió honesta.
—A veces… las mamás se convierten en estrellas. No se van del todo. Solo aprenden otra forma de mirar.
Luna frunció el ceño.
—¿Y las estrellas escuchan?
Natalia sonrió sin alegría, con una ternura que venía de su propia orfandad.
—Escuchan. Y a veces mandan gente para ayudar, cuando ven que alguien lo necesita.
Esa noche, por primera vez en meses, Camila y Luna se durmieron antes de que el reloj marcara medianoche. No fue magia. Fue algo más simple: sintieron calor humano.
Natalia se fue con cuidado. No le contó a nadie. Ni a la cocinera, ni al jardinero, ni siquiera a las gemelas les pidió que guardaran secreto. El secreto se quedó en el cuarto, escondido en las estrellitas de papel.
Y lo increíble fue que funcionó.
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