Las noches siguientes, las gemelas empezaron a dormir mejor. Se despertaban menos. Dejaron de gritar. Dejaron de rechazar todo. Se aferraban a la muñeca de trapo como a un talismán.
La mansión empezó a cambiar de forma silenciosa, como cambian las casas cuando alguien, al fin, vive en ellas.
Fue entonces cuando Joaquín, aún sin entender nada, notó la diferencia. Volvió una noche más temprano —cosa rara— y escuchó… nada. Ningún llanto. Ninguna crisis. Solo el sonido lejano del aire acondicionado y un silencio distinto, no un silencio de soledad, sino de descanso.
No supo qué sentir. Alivio, sí. Pero también sospecha. ¿Cómo era posible que de pronto todo estuviera en calma?
Los días siguientes decidió organizar una fiesta enorme de cumpleaños. Quería compensar con grandeza lo que no podía compensar con presencia. Invitó a familiares, socios, amigos. Media ciudad. La casa se llenó de globos caros, catering, música, fotógrafos.
Marcela se movía como directora de orquesta, dando órdenes para impresionar al patrón. Las otras empleadas corrían. Natalia, como siempre, terminó con el trabajo pesado. Nadie la felicitó. Nadie la miró. Pero a ella le importaba poco: Camila y Luna estaban contentas, y eso le alcanzaba.
La noche de la fiesta, las gemelas rieron. Corrieron. Bailaron. Abrazaron a su papá sin esa tensión que antes las endurecía. Joaquín las miraba como si estuviera viendo a otras niñas. Y de pronto, una pregunta le quemó la lengua.
Se acercó a Marcela cuando la música bajó un poco.
—¿Qué pasó? —le preguntó—. Están diferentes. Están tranquilas. ¿Quién las está cuidando así?
Marcela apretó la boca.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
