—Debe ser casualidad, señor. O las nuevas niñeras…
Joaquín la miró con paciencia agotada.
—No hay niñera nueva.
Marcela dudó, como si elegir una mentira fuera más fácil que admitir una verdad.
—Bueno… —dijo al fin, con desprecio— quizás fue esa limpiadora entrometida. Natalia. Se metía donde no debía.
Joaquín frunció el ceño.
—¿Se metía… cómo?
—Subía al cuarto. Les hablaba. Les cambiaba cosas. Yo la vi. —Marcela levantó la barbilla, orgullosa—. Pero no se preocupe, ya la despedí. No podemos permitir que el personal haga lo que quiera.
La música siguió sonando, pero para Joaquín todo se quedó en silencio. Sintió la sangre subirle a la cara, un calor de ira que no recordaba haber sentido desde hacía años.
—¿Qué hiciste? —su voz salió baja, peligrosa—. ¿Quién te dio autoridad para despedir a alguien sin consultarme?
Marcela parpadeó.
—Señor, yo… pensé que…
—¿Pensaste? —repitió él, y la palabra le salió con sarcasmo—. ¡Doce niñeras no pudieron con mis hijas! Y esta mujer, que tú llamas entrometida, logra calmarlas… ¿y tú la echas?
Marcela palideció por primera vez.
Joaquín respiró hondo, no para calmarse, sino para hablar con claridad.
—Estás despedida, Marcela. Hoy. Y no hay discusión.
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