Las Gemelas del Millonario No Podían Dormir, Pero La Empleada Encontró Una Solución Inesperada

Marcela quiso decir algo, pero la mirada de Joaquín la detuvo. Aquel hombre que siempre había parecido distante, ahora estaba en llamas por dentro. Y no era por dinero. Era por algo más íntimo: se había dado cuenta de que, mientras él estaba ausente, alguien había cuidado lo que más amaba.

La fiesta terminó, pero Joaquín no durmió esa noche. En su cabeza, la misma pregunta giraba sin parar: ¿Quién es Natalia? ¿Qué hizo exactamente? ¿Por qué mis hijas sí la aceptaron?

A la mañana siguiente, buscó su dirección. Un empleado, con miedo, se la dio. Joaquín no mandó chofer ni asistente. Fue él mismo.

El edificio donde vivía Natalia no tenía portero elegante ni mármol. Era un lugar modesto, con escalera estrecha y olor a comida de vecinos. Joaquín subió como quien entra a otro mundo, uno donde el dinero no abre puertas mágicamente.

Tocó.

Natalia abrió y se quedó quieta al verlo.

Por un segundo, su rostro mostró pánico: estaba segura de que venía a reclamar, a humillarla, a repetirle lo que Marcela había dicho mil veces.

—Señor Joaquín… —balbuceó—. ¿Qué hace usted aquí?

Joaquín la miró con una mezcla rara de vergüenza y urgencia.

—Vine a pedirte que vuelvas.

Natalia apretó los labios.

—No puedo. La señora Marcela…

—Marcela ya no está —interrumpió él—. La despedí.

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