Natalia abrió los ojos.
—¿La… despidió?
—Sí. Descubrí que trataba mal a todos, que se creía dueña de la casa. Y descubrí algo más importante: que tú hiciste por mis hijas lo que nadie pudo.
Natalia bajó la mirada. Se le humedecieron los ojos, pero no quería mostrarlo.
—Yo solo… —susurró—. Yo solo no soporté escucharlas llorar.
Joaquín dio un paso adelante, con sinceridad torpe.
—Te necesito. Ellas te necesitan. Pero no quiero que vuelvas como limpiadora. Quiero que seas su cuidadora, su educadora, con total libertad para hacer lo que consideres mejor. Quiero que tengas respeto aquí. Dignidad.
Natalia se quedó en silencio. Por dentro luchaban dos voces: la que decía “no confíes”, y la que decía “ellas me esperan”.
—¿Y si vuelven a gritar? —preguntó, como si necesitara una garantía.
Joaquín tragó saliva.
—Entonces gritaremos juntos hasta que se les pase. Pero no te voy a dejar sola.
Ese “no te voy a dejar sola” hizo algo en Natalia. Porque toda su vida, lo que le habían dicho sin palabras era lo contrario.
Las lágrimas le rodaron sin permiso.
—Lo haré —dijo al fin—. Por ellas.
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