Le lanzó barro a su exesposa embarazada

Lo primero que notó Emília fue el olor insoportable: una mezcla de aguas residuales y combustible.
Antes de que pudiera reaccionar, agua helada y sucia le impactó el cuerpo, dejándola sin aliento. En segundos, su blusa pálida quedó empapada y manchada de un marrón intenso, extendiéndose por su vientre de cinco meses de embarazo: el mismo lugar donde crecía una vida, una vida que los médicos le dijeron que jamás existiría.

Por un instante, Emília se quedó paralizada, conmocionada. Las bolsas de la compra se le resbalaron de las manos y se abrieron de golpe en la calle resbaladiza de Vila Madalena. Las naranjas rodaron. Los paquetes se rompieron. El instinto se apoderó de ella y se apretó el vientre con ambas manos, protegiendo a su bebé.

Entonces lo oyó: el rugido sordo de un motor potente.

Una gran camioneta negra brillante se detuvo junto a ella. La ventana tintada bajó lentamente, revelando un rostro que jamás podría olvidar, por muchos años que hubieran pasado.

Ricardo. El hombre que una vez le prometió una eternidad.
El hombre que apartó la mirada mientras su hija recién nacida, Sofía, moría en sus brazos.
El hombre que la abandonó poco después, alegando que estaba "demasiado dañada" para ser esposa o madre.

Ahora, su expresión era de desprecio.

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