"No puedo creerlo... ¿Emília?", se burló. "Sigues viviendo como la pobre mujer fracasada de la que me alejé".
El aroma caro de su colonia contrastaba cruelmente con el barro que goteaba de su ropa.
"Mírate", continuó. "Comprando comida como una ama de casa desesperada. Ni siquiera pudiste mantener un marido de verdad".
Su mirada se posó en su vientre y su sonrisa se torció.
"Y de hecho encontraste a alguien tan tonto como para dejarte embarazada. Ambos sabemos que tu cuerpo no puede soportarlo. Perderás a este también... igual que a nuestra hija".
Las palabras fueron más fuertes que el agua. Emília sintió una opresión en el pecho, recuerdos de pasillos de hospital, dolor insoportable y silencio interminable la invadieron. Pero no se desplomó. Permaneció de pie.
En el asiento del copiloto, Valéria —la exnovia ahora orgullosamente titulada "asistente ejecutiva"— se rió a carcajadas, mostrando sus gafas de sol de diseñador y un bolso que valía más que los gastos mensuales de Emília.
"¡Guau, Ricardo!", se burló. "¿Es esta la ex? ¡Menuda imagen!".
"Tristemente", respondió él encogiéndose de hombros. "Buena suerte manteniendo esa cosa con vida, Emília. Ambos sabemos cómo termina esta historia".
La camioneta se alejó a toda velocidad, salpicando más agua fangosa al desaparecer calle abajo.
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