Cuando llegó su padre, era tarde, casi las diez. Lena lo recibió en la puerta. Hacía tiempo que se había acostumbrado a sus escasas visitas, a esos momentos en que aparecía inesperadamente, como una pequeña tormenta que barría toda injusticia. Entró, se quitó la chaqueta en silencio y observó el apartamento.
Su suegra ya se había enterado de su llegada. Apareció en la sala de estar, con el mismo abrigo que una vez le había regalado Lena. Le quedaba ajustado, la tela estaba visiblemente arrugada en el hombro y se veía una pequeña mancha en el pecho. Pero se mantuvo orgullosa, con una sonrisa de suficiencia:
"¡Miren qué hermoso regalo me dio mi hijo!" —dijo con tono amable, como si demostrara su victoria a todos.
Su padre la miró largo rato. Su mirada era serena, pero ocultaba una profunda emoción y comprensión de la injusticia cometida. Lena sintió que su presencia llenaba la habitación de fuerza y protección.
—Donya —dijo en voz baja, volviéndose hacia Lena—, ¿por qué no llevas puesto el abrigo de ante que te traje de Alemania?
Las palabras parecieron flotar en el aire, rompiendo el silencio. El corazón de Lena latía con fuerza. Sabía que era el momento de la verdad.
—Yo... yo creía que era tuyo, papá —empezó, pero las palabras se apagaron a mitad de la frase.
Entonces su suegra intervino, declarando con orgullo:
—¡Y yo le di este abrigo a mi madre!
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