La cocina olía a albahaca y crema. Lisa estaba de pie junto a los fogones, removiendo la salsa, preguntándose cómo añadir un poco más de sal para que Gleb no se estremeciera. Y él entró silenciosamente, casi sigilosamente, como quien no viene a cenar, sino a liberarse de sus obligaciones.
"Lisa...", dijo con voz apagada, como si hubiera estado ensayando. "He dejado de amarte".
Ninguna explosión, ninguna conmoción.
Lisa ni siquiera se giró de inmediato. Era como si el sonido no se hubiera originado en la habitación, sino en algún lugar muy, muy lejano. La cuchara tembló en sus manos y se detuvo.
Lentamente, muy lentamente, lo colocó en el perchero, se limpió los dedos y se dio la vuelta. Y por primera vez en su vida, vio a su marido como un extraño.
Gleb no la miraba a ella, ni siquiera a la pared; miraba más allá de ella. Como si temiera confrontar su propia decisión.
"Lo he aceptado", dijo Lisa secamente.
Arqueó las cejas.
Esperaba algo más: histeria, palabras malsonantes, súplicas de explicaciones. Pero Lisa ya lo había dejado atrás, como si fuera una pared arrancada. Sus manos encontraron el camino hacia el dormitorio y abrieron el armario.
La bolsa de viaje azul estaba en el estante superior.
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