El estudio lo encontró por casualidad: pequeño, en una casa antigua, con enormes ventanales. La luz era tan pura que parecía hecha a medida para la tela.
Liza montó su máquina de coser, compró un maniquí y ordenó cajas de hilo.
Este era su mundo. Su espacio. Su futuro.
Arseniy llamó una semana después:
"¿Ya lo has decidido?"
"Sí", respondió Liza. "Lo he hecho".
Su estudio era espacioso, con techos altos y aroma a madera y muebles. Entró y presentía: allí nacerían cosas que sobrevivirían a su propio dolor.
Arseniy trabajaba cerca en silencio, respetando su espacio. No hacía preguntas innecesarias. Simplemente traía telas raras, hablaba de estilos y escuchaba sus ideas.
Y un día, mientras revisaban juntos un vestido antiguo, él dijo en voz baja:
"Has vuelto a tu lugar. Es obvio".
Liza no lo entendió al instante.
— ¿Volviste?
— Sí. A veces uno deja una relación sin perderse a sí mismo. Pero tú... te fuiste y regresaste. Eso es raro.
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