“Valeria, yo no puedo ponerme esto”, susurró Isabel horrorizada. “No sea anticuada. Alejandro la quiere ver moderna, espectacular. Ándele al probador. Isabel se probó el vestido. Se sentía grotesca, una caricatura. Al salir, Valeria y Brenda la miraron y contuvieron una risa. M mmm. No dijo Valeria fingiendo analizarla. Quizás es demasiado juvenil. Le resalta mucho la bueno, la falta de firmeza en los brazos. siguiente. El segundo vestido era todo lo contrario, un diseño de cuello alto y manga larga de un color base tan insípido que parecía una mortaja.
Este es más discreto, más apropiado para su edad, ¿no cree? No queremos que la gente piense que se quiere colgar de la juventud a costa de mi prometido. Isabel se lo probó. Se sentía invisible, borrada. El color la hacía parecer enferma. “Me veo pálida”, dijo mirándose al espejo con desánimo. “Es la luz de la tienda, no se preocupe. A ver, el que sigue.” El tercer vestido era de un terciopelo negro, elegante, pero con un precio que hizo que a Isabel se le revolviera el estómago.
Valeria se aseguró de que Isabel viera la etiqueta. “Uf, este cuesta más que mi primer coche”, comentó en voz alta. ¿Estás segura de que se sentirá cómoda usando algo tan valioso, suegra? Con eso de que a veces le tiembla las manos a ver si no le tira el ponche encima y lo arruina. Sería una tragedia. En ese momento, otras dos clientas, mujeres de la alta sociedad entraron en la tienda y saludaron a Valeria. La humillación de Isabel estaba a punto de volverse un espectáculo público.
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