“Eres un ángel, mi vida, siempre tan considerada”, dijo dándole un beso. Se giró hacia su madre, “¿Verdad, mamá? que es perfecto. Isabel miró el vestido, el símbolo final de su humillación, y luego a su hijo, con los ojos llenos de una felicidad ciega. Asintió, incapaz de hablar. Sí, mi hijo, es perfecto. Subió a su cuarto con el vestido barato en las manos y el peso de una nueva derrota sobre los hombros. Los días siguientes a la desastrosa excursión de compras se volvieron una pesadilla de preparativos.
La mansión era un hervidero de gente, floristas, banqueteros, decoradores. Valeria estaba en su elemento dando órdenes con la precisión de un general, su voz un eco constante y metálico en los amplios salones. Para Isabel, cada rincón de la casa se había convertido en territorio enemigo. Intentaba hacerse invisible. buscando refugio en los lugares más tranquilos como la biblioteca o el rincón más alejado del jardín. Pero incluso allí sentía la presencia de Valeria, una sombra que la vigilaba y la juzgaba.
Una tarde, mientras la sed la obligaba a aventurarse en la cocina, se encontró con Lucia. La empleada estaba terminando de limpiar, su rostro cansado, pero sus ojos siempre alertas. Al ver a Isabel, su expresión se suavizó. Buenas tardes, señora Isabel. ¿Se le ofrece algo? Solo un vaso de agua, Lucia. Gracias. Lucia no solo le sirvió el agua, sino que de un pequeño envoltorio de papel sacó un pan de dulce, un polvorón de nuez, todavía tibio. Guarde este.
Lo aparté para usted del pan que nos dan. Con tanto ajetreo, a lo mejor ni ha comido bien. El gesto, tan pequeño y tan significativo, conmovió a Isabel hasta las lágrimas. Gracias, Lucia. Eres muy buena. Hay que cuidarse, señora. Susurró la empleada, mirando nerviosamente hacia la puerta. Tenga mucho cuidado hoy. La señorita Valeria anda como un torbellino. Está muy alterada porque los candelabros que pidió no han llegado. Cuando se pone así, se desquita con quien se le ponga enfrente.
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