La advertencia de Lucia resultó ser profética. Un par de horas más tarde, Isabel estaba en el pasillo del segundo piso, dirigiéndose a su cuarto, cuando Valeria le interceptó. Usted, justo a quien buscaba, dijo su voz afilada, ya que no está haciendo absolutamente nada útil, venga a ayudarme. En el cuarto de Trevejos del ala oeste hay unas cajas con mantelería que necesito revisar. Venga conmigo. No era una petición, era una orden. El ala oeste de la mansión era la más antigua y la menos utilizada.
El pasillo que conducía al cuarto de Trevejos era largo, estrecho y estaba pobremente iluminado. Una de las bombillas del techo parpadeaba intermitentemente, creando un ambiente tétrico. “Camine más rápido, suegra, que no tengo todo el día”, apremió Valeria caminando delante de ella con pasos impacientes. Isabela siguió cargando una de las cajas más pequeñas que Valeria le había endilgado. El pasillo terminaba en una pequeña y empinada escalera de servicio que descendía a un nivel inferior. Era un rincón oscuro y peligroso de la casa.
Justo cuando se acercaban al primer escalón, Valeria se detuvo en seco. “¡Ay, mi zapato, creo que se me atoró el tacón”, exclamó. se agachó fingiendo revisar su tobillo y en un movimiento que pareció torpe y accidental, se tambaleó hacia atrás, chocando con todo el peso de su cuerpo contra Isabel. El impacto fue brutal y sorpresivo. Isabel, que no se lo esperaba, perdió el equilibrio. Al instante soltó la caja, que rodó por las escaleras con un estrépito y lanzó un grito ahogado mientras sus pies se enredaban y su cuerpo se precipitaba hacia el vacío de la escalera.
En un acto reflejo, extendió los brazos y sus dedos lograron aferrarse a la barandilla de hierro forjado en el último segundo. Se quedó colgando con el corazón desbocado y la mitad de su cuerpo sobre el abismo. El tirón le provocó un dolor agudo en el brazo y el hombro, y su piel se raspó con fuerza contra la pared de yeso áspero. “Señora Isabel!” La voz de Lucia resonó desde el otro extremo del pasillo. Alertada por el estruendo de la caja, había venido corriendo.
Llegó justo a tiempo para ver la escena. Isabel, suspendida precariamente, con el rostro pálido por el terror, y Valeria de pie junto a ella, mirándola no con alarma, sino con una expresión de fría decepción, como si estuviera molesta porque la caída no se había completado. Al ver a Lucia, la máscara de Valeria cambió en una fracción de segundo. “Suegra, por Dios santo, casi se me mata”, gritó con una angustia perfectamente actuada. Qué torpe soy. Me tropecé y casi la tiro.
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