MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…

Discúlpeme, por favor. Lucia corrió y junto con una Valeria que ahora fingía un pánico desmedido, ayudó a Isabel a recuperar el equilibrio y a ponerse de pie. Isabel temblaba de pies a cabeza, no solo por el susto, sino por la certeza de que aquello no había sido un accidente. Sus ojos se encontraron con los de Lucia. En la mirada de la empleada vio la misma certeza. Lucia había visto había visto la fracción de segundo de maldad en el rostro de Valeria antes de que comenzara el teatro.

Y Valeria, a su vez las observaba las dos y en su mirada había una advertencia helada, un mensaje claro para Lucia. Tú no viste nada. Lucia, ignorando la presencia amenazante de Valeria, pasó un brazo por los hombros de Isabel. Venga, señora, la llevo a su cuarto. Necesita sentarse y tomar un poco de agua con azúcar. ¡Qué susto tan terrible! Mientras se alejaban, Valeria la siguió con la mirada, una sonrisa casi imperceptible dibujándose en sus labios. El plan no había salido a la perfección, pero el mensaje había sido enviado.

Una vez en la seguridad del cuarto, Lucy ayudó a Isabel a sentarse en la cama. La anciana todavía temblaba. Está bien, señora. No se lastimó. El brazo. Me duele el brazo, susurró Isabel sobándose donde se había raspado contra la pared. Lucaminó el brazo y vio la piel enrojecida y raspada, una herida que al día siguiente se convertiría en un moretón oscuro y delator. “Esa mujer es el diablo”, dijo Lucia en voz baja, su rostro una mezcla de ira y miedo.

“Esto no puede seguir así, señora. Lo que hizo. Eso no fue un accidente. Yo lo vi. Lo sé, Lucia. Yo también lo sé. Pero, ¿qué podemos hacer? El miedo en los ojos de Lucia era profundo. Si yo hablo, me pone en la calle en menos de un minuto. Le inventará a don Alejandro que le robé algo, que le insulté, cualquier cosa. Y él le va a creer a ella. Yo tengo dos hijos en la escuela, señora. Mi mamá está enferma.

Este trabajo es todo lo que tengo. Lo entiendo, Lucia. No te preocupes. No diré que viste nada. No voy a meterte en problemas. La alianza entre ellas se solidificó en ese momento. Una alianza forjada en el miedo compartido y la impotencia. Isabel tenía una testigo, una aliada, pero era una aliada silenciada por la necesidad, tan prisionera como ella en esa jaula de oro. A la mañana siguiente, el sol entraba por la ventana del cuarto de Isabel, pero ella no sentía su calor.

Se miró el brazo en el espejo, una mancha amoratada, grande y oscura, se extendía desde el codo hasta la muñeca. Un mapa violáceo del odio de Valeria. era un recordatorio físico y doloroso de su vulnerabilidad. Se puso con cuidado una blusa de manga larga, esperando que la tela pudiera ocultar la evidencia de la agresión. El dolor era sordo y constante, pero el dolor del alma era mucho más profundo. Se sentía completamente sola, atrapada en una red de mentiras de la que no veía escapatoria.

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