Pero en ese preciso instante, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe con una fuerza que hizo que ambos se sobresaltaran. Era Valeria, con el rostro encendido de una euforia desbordante, agitando un sobre en la mano. Mi amor, mi amor, no lo vas a creer. Tienes que ver esto. Gritó corriendo hacia ellos, ignorando por completo la tensión en el ambiente. Alejandro, desconcertado, se giró hacia ella. ¿Qué pasa? Vale, ¿qué es tanto escándalo? El club campestre, mi vida, el que estaba en lista de espera por 2 años.
Acaban de llamarme. Hubo una cancelación y nos ofrecieron la fecha que tanto queríamos para la boda. El primer sábado de junio nos casamos en menos de dos meses. Es una señal del destino. La noticia cayó en la habitación como un rayo de sol. La expresión de preocupación de Alejandro se transformó en una de pura e incrédula alegría. Se puso de pie de un salto, olvidándose por completo del brazo de su madre, de su pregunta, de todo. ¿Estás hablando en serio?
El primer sábado de junio? No lo puedo creer. Es la fecha perfecta. Levantó a Valeria en brazos, dándole vueltas en el aire mientras ella reía a carcajadas. La biblioteca, un remanso de paz momentos antes, se llenó de sus gritos de felicidad. Se besaron, un beso largo y apasionado, sellando la promesa de su futuro. Isabel los observaba desde el sillón, invisible, olvidada. El valor se le escurrió del cuerpo, reemplazado por una resignación amarga y pesada. La oportunidad se había esfumado, se había cerrado la ventana.
¿Cómo podía ella? En medio de tanta felicidad, soltar una bomba de veneno y de verdad. ¿Cómo podía ser el monstruo que le arrebatara a su hijo el momento más feliz de su vida? No podía, simplemente no podía. Después de la celebración, Alejandro, todavía con una sonrisa de oreja a oreja, pareció recordar de pronto el asunto pendiente. Qué notición. Tenemos que empezar a planear todo ya. Oye, mamá, con tanta emoción, ya ni me dijiste. ¿Qué te pasó en el brazo?
¿Estás bien? La pregunta ahora sonaba lejana, una nota discordante en una sinfonía de alegría. Isabel bajó la manga de su blusa, ocultando de nuevo la evidencia. La mentira le salió con una facilidad que la asustó. No fue nada, mi hijo. No te preocupes. Ayer con tanto ajetreo de las cajas para la fiesta, me tropecé yo sola en el pasillo y me pegué contra la pared. Pura torpeza mía. Ya sabes cómo soy. Estoy bien de verdad. Alejandro, ansioso por volver a los brazos de su prometida y a los planes de su boda, aceptó la explicación sin dudar.
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