Son flores sencillas, pero muy alegres. En el patio de nuestra casita tenía un jardín lleno de ellas. Valeria soltó una risita cristalina y condescendiente. Ay, qué tierna, suegra. Margaritas, qué recuerdo tan pintoresco, ¿no, mi amor? Para nuestra boda estamos pensando en algo más sofisticado. Orquídeas traídas de Tailandia, quizás unos tulipanes negros de Holanda, algo que demuestre nuestro nivel, ¿entiendes? Las margaritas son bonitas, pero para un bautizo en un pueblo. Alejandro, queriendo mediar, intentó de nuevo. Bueno, pero cuéntale a Vale alguna historia de cuando era niño, mamá, para que te conozca mejor.
Cuéntale la vez que me caí del árbol de guayabas. Isabel sonríó, un recuerdo genuino por fin. Ay, esa vez tenías como 8 años y te subiste hasta la rama más alta. Tenían un árbol de guayabas en su casa”, interrumpió Valeria con una curiosidad que sonaba más a interrogatorio. “Sí, uno muy grande en el patio de atrás.” “Ah, entonces tenían patio. Pensé que su casa era más pequeñita. El techo era de lámina o de teja. Escuché que en esos barrios el sol calienta mucho la lámina.” Cada pregunta era una excavación en su pasado humilde, diseñada para exponerla, para subrayarla con un marcador fluorescente de pobreza frente a su hijo.
Era de Teja, respondió Isabel, cortante. La cena continuó con esa tónica. Cada intento de Alejandro, por incluir a su madre, era saboteado por Valeria con una pregunta inocente o un comentario sofisticado que dejaba a Isabel fuera de lugar. La tensión era tan espesa que se podría haber cortado con los cuchillos de plata. Entonces llegó el plato fuerte, un pescado en salsa de chiles rojos. Este es mi platillo favorito, exclamó Alejandro. Mamá, tienes que probarlo, pero cuidado que pica como el demonio.
A tu mami no le importa, ¿verdad, suegra? Ustedes de las valientes”, dijo Valeria, sirviéndole a Isabel una porción generosa y asegurándose de que llevara una cantidad exagerada de salsa. Isabel, por no desairar, tomó un bocado. El picante era una explosión de fuego líquido en su boca. Sintió que se ahogaba, que el aire no le llegaba a los pulmones. Sus ojos se llenaron de lágrimas y buscó a ciegas el vaso de agua. Fue en ese preciso instante que Valeria, en medio de una carcajada por algo que dijo Alejandro, estiró el brazo y con la elegancia de una bailarina deslizó el vaso de Isabel apenas unos centímetros, lo suficiente para que sus dedos no lo alcanzaran.
El gesto fue tan sutil que Alejandro no notó absolutamente nada, pero Lucia, que estaba sirviendo más pan, lo vio. Vio la intención, la malicia calculada. Su rostro se endureció como una piedra. Isabel jadeaba, su mano golpeando torpemente el mantel. El pánico comenzaba a apoderarse de ella. Lucia, agua para la señora. Rápido, ordenó Valeria, fingiendo una alarma repentina. Ay, suegra, por Dios, qué sensible me salió. Le dije a Alejandro que esto picaba mucho. Lucia se apresuró a llenar el vaso y a ponérselo en las manos.
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