Su cabello estaba perfectamente peinado. La maleta barata estaba en el suelo, a un lado de la puerta, vacía y abierta. Gracias, Lucia. Dile al chóer que por favor espere unos minutos. No tardo en bajar, dijo Isabel. Su voz era tan serena y firme que sorprendió a la empleada. Lucó, confundida, pero aliviada por la aparente calma de la señora. Isabel esperó a que los pasos de Lucia se alejaran. Sabía que Valeria estaría vigilando. Tenía que hacer su jugada.
Salió de su cuarto, no en dirección a la escalera principal, sino hacia el despacho de Alejandro. El teléfono con la grabación lista para ser reproducida estaba en su mano. Era su única oportunidad. Si lograba entrar al despacho, podría conectar el teléfono al sistema de sonido y hacer que toda la casa escuchara. Pero Valeria era más astuta. Como si le hubiera leído la mente, apareció al final del pasillo bloqueándole el paso. ¿A dónde cree que va con tanta prisa?
Preguntó cruzándose de brazos. Su rostro era una máscara de impaciencia. La salida es por el otro lado y su tiempo se acabó. Necesito hablar con mi hijo dijo Isabel intentando pasar. Su hijo está en una junta muy importante salvando de pellejo de su empresa gracias a una pequeña crisis que yo me encargué de descubrir anoche. No volverá hasta mediodía, así que no hay nadie que la salve. Vámonos. El enfrentamiento era inevitable. A las 9 en punto, Valeria subió al cuarto de Isabel, su paciencia completamente agotada.
Se acabó la espera. El chófer me está llamando. ¿Qué demonios está esperando? Gritó al entrar vio a Isabel sentada en la cama tranquila y vio la maleta vacía. Una furia oscura nubló sus facciones. No ha empacado. Se está burlando de mí. ¿Es usted idiota o qué? Isabel se puso de pie lentamente. Su 160 de estatura parecía crecer. Su fragilidad reemplazada por una dignidad de acero. Miró a Valeria directamente a los ojos sin parpadear. No voy a ir a ningún lado, Valeria.
El silencio que siguió a esa frase fue denso, cargado de electricidad. Valeria la miró incrédula, como si no pudiera procesar lo que acababa de oír. ¿Qué? ¿Qué dijiste? Tartamudeó por primera vez perdiendo la compostura. Dije que no me voy repitió Isabel. Su voz era baja, pero resonaba con una autoridad inquebrantable. Esta es la casa que mi hijo construyó con el sudor de su frente. Esta es la casa donde este fin de semana se va a celebrar la fiesta para anunciar su felicidad.
Y yo que soy su madre, la que lo trajo al mundo y lo crió para ser el hombre que es, voy a estar aquí para verlo. No me voy a ir. Valeria estalló en una carcajada, un sonido agudo y desagradable. Pero mira nada más. La ratita sacó las garras. Usted no está en posición de decidir absolutamente nada. Usted es una vieja senil, una carga a la que vamos a internar por su propio bien y con la bendición de su amado hijo.
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