Valeria se paró frente a ella jadeando, con el cabello revuelto y el rostro enrojecido por el esfuerzo y la ira. La máscara de la dama de sociedad no solo se había caído, se había hecho polvo. Lo que quedaba era la verdadera Valeria, un ser consumido por el odio. Y entonces comenzó a hablar. Fue un monólogo venenoso, un torrente de bilis que había estado acumulando durante meses. ¿Quién demonio se cree que es usted? Su voz era un alarido que rebotaba en las paredes altas de la sala.
Una vieja arrimada. Una muerta de hambre que vive de la caridad y de la lástima de mi prometido. Una mujer que no es nada ni nadie y se atreve a desafiarme a mí. En mi propia casa comenzó a caminar de un lado a otro frente al sofá como una tigresa enjaulada. Yo le di todo. La saqué del cuchitril inmundo en el que vivía y la traje a un palacio. Come la comida que yo elijo. Duerme bajo el techo que yo decoré.
Respira el aire que yo pago. Le di la oportunidad de tener una vejez digna, rodeada de lujos que ni en sus sueños más salvajes habría imaginado. Y así es como me paga. Con su cara de mártir, con sus suspiros, intentando ponerme a mi hijo en contra, intentando arruinar mi vida, mi boda, mi felicidad. Se detuvo y la señaló con un dedo acusador. Usted es un parásito. ¿Lo entiende? Un parásito, una sanguijuela que se le pegó a su hijo y que se niega a soltarlo.
No soporta ver que él me ama a mí, que yo soy su presente y su futuro, mientras que usted es solo un recuerdo molesto de un pasado que todos queremos olvidar. Pero se acabó. A partir de hoy, yo soy la dueña de esta casa, de su dinero y de su vida. Y usted, usted no es nada, es polvo, es una sobra. En su arrebato de furia, sus ojos enloquecidos buscaron algo que destruir y lo encontraron. Sobre la repisa de la chimenea, en un marco de plata labrada, estaba la fotografía favorita de Alejandro, la de su graduación de primaria, la misma que Isabel atesoraba en su caja.
Valeria debió haberla tomado del cuarto de Isabel en algún momento. Con un grito de rabia, la arrebató de la repisa. Mire, mire lo que pienso de sus estúpidos recuerdos y de su pasado miserable. Esto es lo que pienso de su amor de madre. Y con toda la fuerza de su cuerpo arrojó el portarretratos contra el hogar de mármol de la chimenea. El impacto fue brutal. El cristal se hizo añicos, esparciéndose por el suelo en un millar de fragmentos brillantes.
El marco de plata se abolló y se torció. No. El grito de Isabel fue un lamento visceral, un sonido arrancado desde lo más profundo de su alma. No era solo una foto, era el símbolo de su sacrificio, la cara de la inocencia de su hijo, el único tesoro que le quedaba de una vida de lucha. Sin pensar en el peligro, se deslizó del sofá y comenzó a gatear sobre la alfombra hacia los pedazos de vidrio, con la intención desesperada de rescatar la imagen rota de su hijo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
