Eso no está hecho de vidrio, está hecho de algo que tú nunca entenderás. Y ese amor, tarde o temprano le va a abrir los ojos. La calma de Isabel, su inesperada y desafiante declaración de fe, fue la chispa que provocó la explosión final en Valeria. Que esa mujer, a quien creía aplastada y vencida, se atreviera a hablarle de amor, que se atreviera a insinuar que ella, Valeria, podía perder, era un insulto intolerable. “Cállese la boca, vieja estúpida”, rugió, su rostro contorsionándose en una máscara de furia.
El amor de Alejandro es mío, yo lo gané. Y usted no es más que un estorbo, un mueble viejo que estorba en mi casa nueva. En su rabia, Valeria comenzó a actuar de forma irracional. Vio un pequeño banco de madera, un taburete que Isabel usaba a veces para descansar los pies. lo agarró y lo lanzó contra una pared donde se golpeó con un ruido sordo. Así es como me deshago de los muebles viejos gritó fuera de sí.
Luego su mirada enloquecida se posó en Isabel. Una idea perversa y cruel cruzó por su mente. Su ira se transformó en una calma siniestra, mucho más aterradora que sus gritos. ¿Sabe qué? Tiene razón. Me estoy alterando demasiado. Ya me cansé de pelear”, dijo su voz de repente melosa y falsa. “Hablemos como gente civilizada, por favor, siéntese.” Señaló otro taburete idéntico que estaba cerca de la chimenea. Era una pieza pequeña, inestable, no diseñada para un uso prolongado. Era una orden, no una invitación.
Isabel la miró desconfiada, pero el cansancio de la lucha física y emocional la estaba venciendo. Quizás si se sentaba, si aparentaba calma, la tormenta pasaría. con el cuerpo adolorido, caminó lentamente y se sentó en el pequeño banco. Valeria se paró frente a ella, mirándola desde arriba, una depredadora saboreando su poder sobre la presa. Ve, así me gusta. Que entienda su lugar. ¿Qué se siente cuando yo le digo que se siente? Que hable cuando yo le doy permiso.
Ahora entiende, ¿verdad? Usted no es la reina madre. Usted es una visita, un objeto más en esta casa que yo voy a decorar a mi gusto. Y honestamente, suegra, usted no combina con mis muebles. Es un estorbo que muy pronto voy a tirar a la basura. Durante el forcejeo anterior, el celular de Isabel, el que contenía la grabación, se había salido parcialmente del bolsillo de su delantal, quedando peligrosamente a la vista. Ninguna de las dos se había percatado.
Valeria dio un paso atrás como si admirara la escena. Isabel sentada, sumisa, ella de pie, victoriosa, pero no era suficiente. Necesitaba un acto final, un gesto de dominación tan absoluto y cruel que marcara su victoria para siempre. ¿Sabe qué es lo que más me molesta de usted?, continuó su voz bajando a un susurro cargado de veneno. Su aire de superioridad moral, esa cara de madrecita santa y sacrificada me provoca náuseas. ¿Usted cree que porque lo parió tiene algún derecho sobre él?
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