Isabel bebió con desesperación. El agua fresca un alivio celestial para su garganta en llamas. Cuando pudo recuperar el aliento, levantó la vista y vio a Valeria mirándola. En sus ojos no había preocupación, sino una chispa de victoria. El placer puro de haberla torturado y humillado frente a todos y haber salido impune. Más tarde, cuando Alejandro se levantó para atender una llamada de negocios en su despacho, Isabel se quedó a solas con Valeria en la inmensa sala. El silencio era pesado, cargado de la batalla no declarada que acababa de librarse.
Vio qué fácil es todo cuando coopera, suegra”, dijo Valeria limándose una uña con indiferencia. Usted sonríe, asiente, come lo que le sirven y se queda calladita. Así todos somos felices y nadie sale lastimado. Es un papel muy sencillo el suyo. Le sugiero que se lo aprenda bien y se acostumbre a su nuevo lugar en esta familia. Ahora, si me disculpa, voy a ver qué se le ofrece a mi prometido. Valeria se levantó y se fue, dejando a Isabel sola en el sofá de brocado, con el sabor a chile y a humillación en la boca.
y con una certeza helada en el corazón. Esto no era una cena. Había sido la primera de muchas batallas y ella las estaba perdiendo todas. La mañana siguiente, la luz del sol se filtraba por los ventanales de la mansión, pintando cuadros dorados sobre las alfombras persas. Era una escena de paz y riqueza que contrastaba violentamente con la tormenta que se gestaba en el interior de Isabel. El desayuno fue una obra de teatro meticulosamente ensayada. Alejandro, rebosante de energía, hablaba de su agenda del día mientras Valeria le servía café y le untaba mermelada en el pan, desempeñando el papel de la perfecta futura esposa.
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