MADRE DEL MILLONARIO grita “¡No me pegues más!” — El HIJO entra y su furia hiela a su PROMETIDA…

Llama a una de tus amigas o a un taxi. El chóer no te llevará ni a la esquina. Los guardias de la entrada se asegurarán de que no intentes llevarte nada que no sea tuyo. Y si te atreves a volver a acercarte a mí o a mi madre, me encargaré personalmente de que no vuelvas a encontrar un trabajo en esta ciudad ni en ninguna otra. Fui lo suficientemente claro. La furia prometida en el título no fue una explosión, fue una implosión.

Una fuerza silenciosa y devastadora que aniquiló el mundo de Valeria sin levantar la voz. Ella temblando, sabiendo que había perdido todo, solo pudo asentir ahogada en sus propias mentiras. El mundo de Valeria se derrumbó en cámara lenta. Los 10 minutos que Alejandro le concedió fueron la cuenta regresiva más humillante de su vida. Se levantó del suelo con las piernas flácidas y subió las escaleras bajo la mirada implacable de Alejandro, quien no se movió de su sitio, sosteniendo protectoramente a su madre.

Cada paso era una tortura. Sabía que Lucia y el resto del servicio doméstico estaban escondidos, escuchando, presenciando su caída. En la que había sido su habitación, ahora un territorio ajeno. Actuó con la desesperación de un ladrón. Abrió los cajones, arrancando la ropa de seda y los vestidos de diseñador, arrojándolo sin cuidado en una maleta de marca. Sus manos se movieron hacia el joyero, un cofre de tesoros que Alejandro le había regalado. Lo abrió sus dedos buscando el collar de diamantes, los aretes de esmeraldas, los relojes de oro, pero una voz desde la puerta la detuvo en seco.

Nada de eso te pertenece, Valeria. Alejandro estaba de pie en el umbral, su rostro una máscara de hielo. Esas joyas fueron regalos. Son mías”, chilló ella, aferrándose al joyero. “Fueron regalos para una mujer que yo amaba. Esa mujer nunca existió. Fue una mentira. Los regalos, por lo tanto, quedan anulados.” “Deja eso.” Su tono no admitía discusión. Con un soyo de rabia, Valeria soltó el joyero como si quemara. agarró su bolso, sus zapatos más caros y metió todo lo que pudo en la maleta.

Era una escena patética. La reina de puesta, huyendo de su palacio con las pocas baratijas que podía cargar, sacó su celular para llamar a su amiga Brenda. Brenda, tienes que venir a buscarme a casa de Alejandro ahora mismo. Susurró intentando mantener la poca dignidad que le quedaba. La voz de Brenda al otro lado sonó fría, distante. Pasó algo. Vale, estoy en medio de un facial. Me echó. Alejandro me echó de la casa. Tienes que venir por mí.

Hubo una pausa. Ay, qué pena, amiga. Pero, ¿sabes qué? Justo ahora mi coche está en el taller y tengo un dolor de cabeza terrible. No puedo manejar. Llámate un Uber. Suerte con eso. Click. Brenda le había colgado. Las ratas eran las primeras en abandonar el barco que se hunde. Humillada, derrotada, llamó a un servicio de taxi. Con la maleta en una mano y el orgullo hecho pedazos. Bajó la gran escalera por última vez. Al pasar por la sala, vio a Lucia, quien ahora sí estaba a la vista, limpiando con esmero los restos de portarretratos roto, una tarea que parecía simbólica.

Lucia no la miró con triunfo, sino con una indiferencia helada que era mucho peor. Dos guardias de seguridad que Alejandro había llamado la esperaban en la puerta. La escoltaron hasta el taxi que aguardaba afuera, asegurándose de que no se desviara. Cuando la puerta del modesto sedán se cerró, separándola para siempre de la vida de lujos que tanto había anhelado, Valeria finalmente se rompió y comenzó a llorar, no de arrepentimiento, sino de pura y egoísta rabia por todo lo que había perdido.

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