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La pesadilla se terminó para todos. Cuando Lucia se retiró, Alejandro tomó las manos de su madre, las que la empleada acababa de vendar. Las besó una por una. Te lo juro por la memoria de mi padre, mamá. Te lo juro aquí y ahora. Nunca más, nunca más volveré a dudar de ti. Nunca más dejaré que nadie, absolutamente nadie, te vuelva a hacer daño. Nunca más pondré a ninguna persona o cosa por encima de ti. A partir de hoy, tú eres mi reina, mi prioridad, mi todo y voy a pasar el resto de mi vida tratando de compensarte por cada lágrima que derramaste en esta casa.
Te lo juro, el abrazo que se dieron entonces fue un renacimiento, el abrazo de la verdad que sellaba el final de la mentira y el comienzo de una nueva vida. Un año después, la mansión era irreconocible, no en su estructura, sino en su alma. Las paredes, que antes habían sido testigos de susurros crueles y lágrimas silenciosas, ahora resonaban con el sonido de risas y conversaciones animadas. El aire, antes cargado con el perfume caro de Valeria y la tensión del miedo, ahora olía a pan recién horneado, a canela y a flores frescas del jardín.
En las paredes ya no colgaban fríos cuadros de arte abstracto, sino fotografías enmarcadas de momentos felices. Alejandro e Isabel en un día de campo, Lucia y su familia la cena de Navidad y muchas fotos de una joven de sonrisa dulce y ojos brillantes que parecía haber traído la luz de vuelta a esa casa. En la cocina, que había sido el escenario de las primeras humillaciones, se desarrollaba ahora una escena de puro amor. Doña Isabel, con un delantal floreado y las manos cubiertas de harina, le enseñaba con paciencia a esa misma joven Sofía, el secreto para amasar el pan de pueblo que le enseñó su abuela.
Sofía, una dedicada pediatra que Alejandro había reencontrado por Azares del destino, escuchaba con una atención y un cariño que iban más allá de la simple cortesía. Se reían juntas cuando a Sofía se le pegaba la masa en los dedos y compartían confidencias mientras esperaban que la levadura hiciera su magia. En pocos meses, Sofía se había convertido no en una nuera, sino en la hija que Isabel nunca tuvo. Alejandro llegó a casa más temprano de lo habitual. Ya no tenía esa mirada acosada por el estrés y la presión.
Su paso era ligero, su sonrisa fácil. Entró en la cocina y se detuvo en el umbral, simplemente observando la escena. Ver a las dos mujeres que amaba, unidas creando algo juntas en el corazón de su hogar. le llenó el pecho de una paz y una gratitud tan profundas que sintió un nudo en la garganta. Esta era la verdadera riqueza. Este era el éxito que de verdad importaba. “Huele a gloria aquí dentro”, dijo finalmente, haciendo que ambas se giraran para sonreírle.
se acercó a su madre y le dio un beso en la frente. En su mano no traía joyas ni regalos s ostentosos, sino un pequeño ramo de margaritas silvestres que había cortado del jardín para la flor más bella de todas, le dijo. Luego se acercó a Sofía y le dio un beso lleno de amor y complicidad, posando una mano sobre su vientre que ya mostraba una curva incipiente y hermosa. ¿Cómo se han portado mis dos chefs favoritas?
Tu futura hija dice que ya está harta del olor a levadura y que prefiere un pozole. Bromeó Sofía limpiándose la harina en el delantal. Isabel los miraba con el corazón rebosante de una felicidad que casi no le cabía en el cuerpo. Alejandro tomó la mano de su madre, una mano ahora libre de heridas, una mano que simbolizaba la resiliencia y el perdón. “Mamá, ven. Hay algo que quiero que sientas.” la guió suavemente hasta Sofía. Con una ternura infinita tomó la mano de su madre y la posó sobre el vientre de su esposa.
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