Isabel la miró confundida por un instante y entonces lo sintió. Un movimiento pequeño, una patadita suave pero inconfundible, una pulsación de vida nueva respondiendo a su toque. Sus ojos se abrieron de par en par y levantó la vista hacia su hijo, buscando la confirmación, con el aliento contenido y el corazón detenido en un instante eterno. Alejandro, con la voz quebrada por la emoción le susurró las palabras que lo cambiarían todo. Va a ser abuela, mamá. Vamos a tener un bebé.
La palabra abuela fue la llave que abrió las compuertas de su alma. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, pero no eran las lágrimas amargas del sufrimiento y la humillación que había derramado en esa misma casa. Eran lágrimas dulces, limpias, lágrimas de una alegría tan abrumadora y tan pura que sentía que la redimían de todo el dolor pasado. Soyoso, un llanto de felicidad absoluta, mientras abrazaba a su hijo y a Sofía, formando un círculo de amor, un nudo de tres generaciones unidas por la esperanza y el futuro.
Mientras tanto, a muchos kilómetros de distancia, en la luz sucia y parpade de una cafetería de carretera, la vida de Valeria era una cacofonía de platos sucios y órdenes gritadas. Con el uniforme manchado de grasa y el cabello recogido en una redilla sin gracia, limpiaba una mesa con movimientos mecánicos y exhaustos. En una pequeña televisión colgada en una esquina pasaban las noticias locales. De repente apareció un reportaje sobre la inauguración de una nueva ala de pediatría en el hospital público, una ala equipada con la más alta tecnología.
La donación, anunciaba el reportero, había sido hecha por el empresario Alejandro Montes y su prometida, la doctora Sofía Serrano. Alejandro, Sofía y a doña Isabel estaban radiante y elegante cortando el listón inaugural. Se veían felices, unidos, una familia sólida y respetada. El rostro de Valeria se contrajó en una máscara de envidia y odio puro. Un cliente impaciente golpeó la mesa. Oiga, mesera, mi café se enfrió. Hace media hora que lo pedí. La voz del hombre la trajo de vuelta a su miserable realidad.
Se giró, la humillación quemándole el rostro. Enseguida. Señor, murmuró mientras recogía la taza con manos temblorosas. Al hacerlo, la taza se le resbaló y cayó al suelo, haciéndose añicos, exactamente como ella había hecho con el corazón de Isabel. Su jefe salió de la cocina gritándole, diciéndole que se lo descontaría de su miserable sueldo. De vuelta en la mansión, la celebración continuaba. Después de cenar, Alejandro llevó a su madre a la terraza para ver las estrellas. ¿Te acuerdas, mamá?, dijo en voz baja.
Cuando era niño y tenía miedo de la oscuridad, me decías que cada estrella era un beso que te mandaba mi papá desde el cielo. Y lo siguen siendo, respondió Isabel con una sonrisa serena. Alejandro la abrazó por los hombros, atrayéndola hacia él en un gesto de infinita gratitud y amor. Se inclinó y le susurró al oído la frase que sanaría la última de las cicatrices. Gracias, mamá. Gracias por nunca haberte rendido, por nunca dejar de creer en mí, incluso cuando yo no lo merecía.
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