MADRE del MILLONARIO suplica “NO SÉ NADAR” — el HIJO aparece FURIOSO y hace ESTO con la ESPOSA…

La tarde caía despacio sobre el barrio de providencia en Guadalajara. Los árboles altos lanzaban sombras largas sobre el jardín y el reflejo azul de la alberca parecía invitador para cualquiera que supiera nadar. Pero para doña Antonia, de 75 años, esa agua no era descanso, sino una amenaza mortal. Por favor, no hagas esto conmigo. Yo no sé nadar. Su voz quebrada retumbó en el aire, temblorosa como un trueno inesperado en un día despejado. En la orilla de la alberca, Viviana, su nuera, mantenía las manos firmes en la espalda frágil de la anciana.

La sonrisa helada en sus labios contrastaba con el brillo venenoso de sus ojos. “Es solo agua, suegra, no duele nada”, murmuró con crueldad calculada. El cuerpo de doña Antonia tambaleó. Su bastón había caído metros atrás, inútil, sobre el piso de madera. Sus pies descalzos rozaban la orilla húmeda. Un solo empujón bastaría para sellar su destino. “Ah, por el amor de Dios, Viviana, yo no sé nadar. ” Las lágrimas corrían por las arrugas de su rostro. “Lo sé”, respondió la rubia y empujó.

Por un instante todo ocurrió en cámara lenta. Doña Antonia sintió el vacío, el aire escapando de su pecho, el olor del cloro ardiendo en su nariz antes de tocar el agua. El fondo azulado parecía un abismo dispuesto a tragársela, pero un grito cambió todo. Doña Antonia Rosa, la empleada, corría desde la lavandería con una canasta de ropa en brazos. El grito desconcentró a Viviana. Sus manos se apartaron y la anciana cayó de lado golpeando su rodilla en el deck fuera del agua.

Rosa llegó de inmediato, jalándola lejos de la orilla. “Señora, míreme. ¿Está bien?”, preguntó jadeante sosteniéndole el rostro. Viviana recompuso la voz con frialdad. “Ay, Rosa, qué drama. Solo era una broma. El rugido del portón automático interrumpió la tensión. Un Audi negro entraba en la cochera. Era Vinicio, el hijo millonario de doña Antonia. Su mirada se endureció al ver la escena. Su madre tirada, el bastón lejos, Rosa sosteniéndola y su esposa junto a la alberca. ¿Qué pasó aquí?, preguntó la voz baja, pero cargada de furia contenida.

Viviana sonrió. Amor, qué sorpresa. Llegaste temprano. Solo estaba ayudando a tu mamá con su miedo al agua. Vinicio no respondió, se arrodilló ante su madre y le tomó las manos temblorosas. Mamá, dime la verdad, ¿qué pasó? Doña Antonia dudó. El miedo, a no ser creída, pesaba demasiado.

Doña Antonia abrió la boca, pero la duda le pesó más que las palabras. había vivido lo suficiente para entender que a veces la verdad no es escuchada y que la mentira, con un toque de dulzura, resulta más convincente. “Yo tropecé, hijo, solo eso”, murmuró bajando la mirada. Rosa quiso gritar la verdad, contar lo que había visto con sus propios ojos, pero el filo de la mirada de Viviana fue suficiente para callarla. La empleada sabía que enfrentarse de frente a esa mujer podía costarle caro.

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